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Andrew Wakefield

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Andrew Jeremy Wakefield
Información Biográfica
País Inglaterra.jpg
Reino Unido
Lugar

Bath, Inglaterra

F. de Nacimiento

1957

Información Personal
Ocupación

Ex Médico y charlatán anticientífico y fraudulento

Andrew Wakefield fue un médico cirujano e investigador británico, conocido por su artículo de investigación fraudulenta de 1998 en apoyo a la ya desacreditada tesis de que existe una relación entre la administración de la vacuna triple vírica (SPR, sarampión, paperas y rubéola) y la aparición del autismo y enfermedades intestinales.

Cuatro años después de la publicación de su artículo, los resultados de otros investigadores aún fallan en reproducir las hallazgos de Wakefield y así poder confirmar la hipótesis de una asociación entre la vacuna triple vírica y el autismo, o el autismo y enfermedades gastrointestinales. En 2004, una investigación del reportero Brian Deer publicada en el Sunday Times reveló que la posición de Wakefield padecía de conflictos de intereses financieros, tras lo cual la mayoría de sus coautores retiraron su apoyo a las interpretaciones del estudio.

Historia

En 1998, Andrew Wakefield y 12 de sus colegas publicaron una serie de casos en la revista The Lancet,

En febrero de 1998, un grupo de doce investigadores y médicos dirigidos por Andrew Wakefield, del Hospital Royal Free de Londres, publicaron en The Lancet los resultados de una investigación, un artículo que, en la actualidad, se puede considerar uno de los peor entendidos y más tergiversados a nivel periodístico de la historia del mundo académico. Estaba mal escrito y no tenía ningún enunciado claro de su hipótesis ni de sus conclusiones. De hecho fue objeto de una retractación parcial[1].

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A pesar del pequeño tamaño de la muestra (n = 12), el diseño no controlado, y el carácter especulativo de las conclusiones, el documento recibió amplia publicidad, y las tasas de vacunación con la triple vírica comenzó a caer porque los padres estaban preocupados por el riesgo de autismo después de la inmunización. El artículo sugería que la vacuna contra el sarampión, las paperas y la rubéola (Triple vírica) puede predisponer a regresión del comportamiento y trastorno generalizado del desarrollo en los niños[2]. Así mismo mencionaba a los doce niños con problemas intestinales y conductuales (de autismo, básicamente), y mencionaba que los padres o los médicos de ocho de esos pequeños creían que los problemas de su hijo habían empezado a los pocos días de que le fuera administrada la vacuna triple vírica. También recogía los resultados de diversos análisis de sangre y de pruebas realizadas en muestras de tejido extraídas de aquellos niños y niñas. Los resultados de dichos test fueron anormales en algunos casos, pero variaron entre unos pequeños y otros.

Se investigó a doce niños, remitidos consecutivamente al Departamento de Gastroenterología Pediátrica con una historia clínica de trastorno general del desarrollo, con pérdida de habilidades adquiridas y síntomas intestinales (diarrea, dolor e hinchazón abdominales, e intolerancia alimenticia).

[...] En ocho de los pequeños, el comienzo de los problemas conductuales había sido vinculado (por los padres o por su médico) a la vacunación contra el sarampión, la paperas y la rubéola. [...] En estos ocho niños, el intervalo medio entre la exposición a la SPR y los primeros síntomas de la conducta fue de 6.3 días (con un intervalo de entre 1 y 14 días).

~The Lancet[3]

¿Qué puede indicar esta clase de artículo a propósito del vínculo entre algo tan común como la vacuna SPR y otro factor tan común (también) como el autismo? Básicamente nada, en ninguno de los dos sentidos. En él se habla únicamente de una colección de doce anécdotas clínicas: un tipo de artículo que se conoce con el nombre de «serie de casos». Y las series de casos, por su propio diseño, no pueden demostrar con un mínimo de validez una relación como la supuesta entre una exposición y un resultado. No se estudió a niños a los que se les había administrado la vacuna y a niños a los que no, para comparar luego las diferencias en la incidencia de casos de autismo entre los dos grupos (esto habría sido un «estudio de cohortes»). No se seleccionó a unos niños con autismo y a otros sin él, para luego comparar las tasas de vacunación de ambos grupos (eso habría sido un «estudio de control de casos»).

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Vacuna triple vírica

¿Había algo más que pudiera explicar la aparente conexión entre la SPR, los problemas intestinales y el autismo en esos ocho niños? Para empezar, y aunque parezcan sucesos demasiado raros para que coincidan por azar, estamos hablando de un centro especializado en un hospital universitario, y los niños habían sido derivados allí precisamente porque mostraban problemas intestinales y de conducta.

De toda una nación de millones de habitantes, unos cuantos niños aquejados de una combinación de elementos bastante comunes (vacunación, autismo y problemas intestinales) coinciden en un sitio que ya de por sí actúa de polo de atracción de ese tipo de combinaciones, como era el caso de esa clínica, lo normal será que el hecho no impresione particularmente.

Todas las noticias que relacionan tratamientos y riesgos empiezan con modestos pálpitos como los de esas anécdotas; pero los pálpitos, cuando no tienen nada que los respalde, no suelen ser noticiosos por lo general. Coincidiendo con la publicación de aquel artículo, se celebró una conferencia de prensa en el Hospital Royal Free y, para evidente sorpresa de los otros muchos médicos y académicos presentes, Andrew Wakefield anunció en ella que, en su opinión, sería prudente usar vacunas separadas en vez de la triple vacuna de la SPR. Nadie debería haberse sorprendido: el hospital ya había emitido una nota de prensa en vídeo, en la que Wakefield formulaba el mismo llamamiento.

Pero nada en aquel estudio de doce niños ni en ninguna otra investigación publicada sugería que la administración de vacunas únicas separadas sería más segura. En realidad, hay sobradas razones para creer que la inoculación de esas inmunizaciones por separado podría causar más perjuicios, pues serían necesarias entonces seis visitas al médico de cabecera con sus correspondientes inyecciones, lo que significa cuatro citas más que se podrían perder. Además, los niños tienen que pasar así mucho más tiempo siendo vulnerables a infecciones, sobre todo, si se espera un año entre inoculaciones, según recomendaba Wakefield. Lo irónico del caso es que, aunque la mayoría de las causas del autismo siguen sin estar claras, una de las pocas que están bien determinadas es, justamente, la infección por rubéola cuando el futuro niño se encuentra aún en el seno materno[4].

La historia detrás del artículo

Hay ciertos elementos salidos a la luz en 2004 que no se pueden ignorar, incluidas las alegaciones de múltiples conflictos de intereses, fuentes de sesgo (hasta entonces no declaradas) a la hora de reclutar a los sujetos de la investigación vertida en el artículo, resultados negativos que no se quisieron revelar y problemas con el alcance de la autorización ética para aquellas pruebas. Todas estas cuestiones fueron descubiertas en gran medida por un tenaz periodista de investigación del The Sunday Times llamado Brian Deer, y forman parte actualmente de las alegaciones que están siendo investigadas por el Consejo General Médico británico (GMC).

El GMC británico investigó, por ejemplo, si Wakefield se guardó en su momento de revelar al director de The Lancet su implicación en una patente relativa a una nueva vacuna; más preocupantes aún son las sospechas sobre la procedencia de los doce niños elegidos para el estudio de 1998 en el Royal Free. Aunque en el artículo se afirma que fueron casos remitidos de forma consecutiva a una clínica, lo cierto es que Wakefield estaba siendo retribuido ya por entonces con 50 mil libras en concepto de asesoría jurídica por un bufete de abogados para que investigara a unos niños cuyos padres estaban preparando una demanda contra los impulsores de la vacuna triple vírica. Al parecer, muchos de los «casos» derivados hacia Wakefield habían llegado a él precisamente a sabiendas de que era alguien que podía mostrar un vínculo entre la vacuna triple vírica y el autismo (ya fuera formal o informalmente) y que estaba trabajando en un caso judicial.

De los doce niños del artículo, once querellaron contra las empresas farmacéuticas (el que no lo hizo era estadounidense) y diez contaban ya con asistencia jurídica para la interposición de esa querella a propósito de la vacuna triple vírica antes incluso de la publicación del artículo de 1998. El propio Wakefield acabó recibiendo 435,643 libras (más gastos) del fondo de ayuda jurídica a esas familias por su papel en el caso judicial contra la SPR.

Asimismo, los niños fueron sometidos a diversas exploraciones clínicas invasivas —como punciones lumbares y colonoscopias— sin haber obtenido previamente el preceptivo permiso del comité de ética. A dicho comité se le había asegurado que tales procedimientos se habían realizado porque eran los médicamente indicados para tratar a los pacientes en aquel momento (es decir, atendiendo al propio interés médico de los niños). El GMC está examinando ahora si fueron contrarios a la mejor conveniencia médica de los pequeños y si sólo se realizaron en aras de la investigación.

Entre tanto, Nick Chadwick, un joven estudiante de doctorado investigador en el laboratorio de Wakefield, aplicó la tecnología de análisis de la RCP (empleada para la «detección de huellas» genéticas del ADN) para buscar rastros de material genético de cepas de sarampión en las muestras tomadas del intestino grueso de esos doce niños, pues ése era un elemento central de la teoría de Wakefield. Años después, en 2004[5], el propio Chadwick declaró que en aquellas muestras no se halló ARN alguno de sarampión, y en 2007 presentó testimonio en ese mismo sentido en un caso judicial sobre vacunas en Estados Unidos. Pero nadie supo de ese importante hallazgo, que contradecía la teoría de su carismático superior, porque no fue publicado en su momento.

Alarma mediática

Fue en 2001 cuando la alarma empezó a cobrar impulso. Wakefield publicó entonces un artículo de revisión en una revista poco conocida, en el que cuestionaba la seguridad del programa de inmunizaciones, aunque sin presentar nada nuevo en forma de evidencia empírica. En marzo, publicó los resultados de un nuevo trabajo de laboratorio en colaboración con investigadores japoneses (el llamado «artículo Kawashima»), en el que habían usado datos de RCP para mostrar rastros del virus del sarampión en los glóbulos blancos de niños con problemas intestinales y autismo. Aquel hallazgo venía a ser justamente lo contrario de lo que unos años antes había descubierto Nick Chadwick en los propios laboratorios de Wakefield.

El único apoyo de Wakefield proviene del Dr. Arthur Krigsman quien supuestamente poseía datos que daban soporte a sus afirmaciones. Kringsman no ha publicado esos datos.

Conflicto de intereses

El episodio final de la saga fue la revelación de que Wakefield y los demás colegas. Eran culpables de fraude deliberado (escogieron y eligieron los datos que se adaptaban a su caso, además de que falsificaron los hechos). El British Medical Journal ha publicado una serie de artículos sobre la exposición del fraude, que parece haber tenido lugar con ánimo de lucro. Es motivo de preocupación que la exposición fue el resultado de una investigación periodística, en lugar de una vigilancia académica seguida de la aplicación de medidas correctivas. Los lectores pueden estar interesados ​​en saber que el periodista que trabajó en el caso Wakefield, Brian Deer, había informado anteriormente sobre la falsa implicación del timerosal (en vacunas) en la etiología del autismo. Sin embargo, Deer no había participado en la investigación de ese informe[6].

Referencias y ligas externas

P
Andrew WakefieldArthur KrigsmanBrigitte BoisselierCyril BurtDiederik StapelJacques BenvenisteJoachim BoldtJohn HagelinMadeleine EnnisWoo Suk Hwang
P
Charlatanes típicos
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