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La Biblia (del latín biblĭa, y este del griego βιβλία biblía, ‘libros’) es el conjunto de libros canónicos del judaísmo y el cristianismo. La canonicidad de cada libro varía dependiendo de la tradición adoptada. Según las religiones judía y cristiana, transmite la palabra de Dios. Ha sido traducida a 2454 idiomas.

La parte de la Biblia que hoy conocemos como Antiguo Testamento es un conjunto de una cuarentena de libros —en el canon católico — que pretende recoger la historia y las creencias religiosas del pueblo hebreo que apareció en la región de Palestina durante el siglo XIII a.C.

Los análisis científicos han demostrado que buena parte de los libros legislativos, históricos, proféticos o poéticos de la Biblia son el producto de un largo proceso de elaboración durante el cual se fueron actualizando documentos antiguos añadiéndoles datos nuevos e interpretaciones diversas en función del talante e intereses de los nuevos autores y/o recopiladores.

La religión judía y el conjunto de las denominaciones cristianas comparten en sus respectivas Escrituras Sagradas todos los libros fundamentales que figuran en el Antiguo Testamento católico, pero hay algunos textos que no son consensuados. Cuando la Biblia hebrea se tradujo al griego —dando lugar a la llamada Biblia de los Setenta— se incorporaron diversos libros (Tobías, Judit, fragmentos de Ester, I y II Macabeos, Sabiduría, Eclesiástico, Baruc y fragmentos de Daniel) que no estaban registrados en la Biblia hebrea, razón por la cual no son admitidos por los judíos y existe controversia entre los cristianos; así, por ejemplo, mientras los calvinistas los excluyen totalmente de su Biblia, los luteranos los sitúan al final de la suya pero como mera «lectura edificante».

La Iglesia católica oficial, así como sus traductores, sostiene que todos los textos incluidos en el canon de las Sagradas Escrituras «han sido escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo, y son, por tanto, obra divina. Tienen a Dios por autor principal, aunque sean al mismo tiempo obra humana, cada uno del autor que, inspirado, lo escribió».

A pesar de sus muy frecuentes anacronismos y errores, y de sus evidentes fabulaciones, la Biblia es un documento interesante para, con el contraste de la investigación arqueológica, poder analizar el curso de los acontecimientos humanos que se dieron durante la antigüedad en una limitada franja del planeta y centrados en un pueblo, el de Israel, que fue históricamente insignificante —con excepción de la breve época de esplendor impulsada por David y Salomón—, vivió continuamente bajo la amenaza de enemigos externos muy poderosos y de crisis internas debilitadoras, soportando a menudo la humillación, la rapiña y la esclavitud, y medró a duras penas intentando arrancarle algunos de sus frutos a una tierra seca y de clima tan duro y difícil como imprevisible.

Desde esta humildad histórica es perfectamente comprensible que el pueblo de Israel —en virtud de lo que sabemos de la psicología humana y tal como acredita la historia de muchos otros pueblos en situaciones similares— necesitase desesperadamente atraerse para sí la atención y protección de un dios todopoderoso; pero dado que los dioses de sus enemigos no eran menos poderosos, Israel, con el paso del tiempo, se vio forzada a compensar su nimiedad sintiéndose la elegida no ya del dios más poderoso de todos cuantos había en su época, sino de un Dios único y excluyente que se avino a sellar un pacto de exclusividad con sus protegidos. Tal dinámica megalómana, preñada de mitomanía, fue la clave que posibilitó la supervivencia de los israelitas y acabó siendo el eje troncal de la identidad hebrea y, finalmente, por herencia directa, de la cristiana. Por eso, básicamente, en los textos bíblicos se confunden una con otra la historia real y mítica de Israel y su religión.

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Texto de Aron Ra

La tradición hace comenzar la historia hebrea en el momento en que el patriarca Abraham abandonó Ur (Caldea), hacia el año 1870 a.C. o, más probable, durante el reinado del rey babilonio Hammurabi (c. 1728-1686 a.C.), para dirigirse con su clan nómada hacia el sur, hasta el borde del desierto de Canaán, asentamiento desde el que, un centenar de años más tarde, forzados por el hambre, partirán hacia Egipto, guiados por el patriarca Jacob, donde serán esclavizados.

No se conoce con exactitud si la palabra «hebreo» identificaba una etnia concreta, pero a juzgar por el empleo del adjetivo 'ibrî' para calificar a los esclavos (Ex 21:2) o su valor despectivo en boca de los filisteos (I Sam 4,6-9), es factible que sea un término equivalente al khapiru o aperu que aparecen, respectivamente, en documentos mesopotámicos para designar a extranjeros errantes, temporeros y bandidos, y en escritos egipcios para identificar a una clase social muy baja asociada a trabajos temporeros en el campo. Hebreo o 'ibrî' sería sinónimo, por tanto, de alguien miserable o desamparado social.

Dentro de los relatos bíblicos es una constante casi enfermiza el intentar mostrar, una vez tras otra, que el pueblo de Israel goza del favor exclusivo de Dios, de ahí las más que frecuentes referencias a pactos o alianzas, o el relato del supuesto trato especialísimo que Dios les dispensa a algunos de los monarcas israelitas (sólo a los triunfadores, que aportan esperanza a Israel, claro está; el Dios de esos días no deseaba tener hijos fracasados).

Aunque desde una perspectiva de fe los libros del Antiguo Testamento son atribuidos a Dios, con la ayuda caligráfica de aquellos autores que los firman, los datos científicos e históricos modernos nos llevan hacia conclusiones absolutamente divergentes de las de la Iglesia.

El análisis objetivo de los textos bíblicos fue proscrito — o, cuanto menos, gravemente dificultado — por la Iglesia católica mientras ésta mantuvo el tremendo poder social que la ha caracterizado durante casi dos milenios. Cabe recordar que la interpretación de la Biblia siempre fue una potestad exclusiva de la jerarquía católica, que promulgó penas de excomunión y prisión perpetua para quien la tradujese a una lengua vulgar.

Versiones

Las versiones griega (de los Setenta, traducida del hebreo hacia el siglo III a.C.) y latina (Vulgata, traducida por san Jerónimo en el siglo IV d.C.), únicas aceptadas, aseguraban que la masa de creyentes, desconocedores del griego y latín, permaneciesen ajenos al contenido real de los textos bíblicos, pero la situación dio un giro capital cuando Martín Lutero, en su pugna contra la autoridad vaticana que desembocó en la reforma protestante, arriesgó su libertad al traducir al alemán el Nuevo Testamento, en 1522, y luego el Antiguo Testamento, en 1534. A la traducción de Lutero siguió, en 1611, una versión inglesa (la «Biblia del rey Jacobo»).

La primera versión en castellano llegó de la mano del protestante Casiodoro de Reina, que publicó una traducción de la Biblia en Basilea (1567-1569) —conocida como la Biblia del Oso—; esta edición fue corregida posteriormente por Cipriano de Valera e impresa en Amsterdam en 1602. La edición de Valera, tal como debería ser de ley, era una versión textual de la Biblia —eso es sin el añadido de comentarios a pie de página que cambien el sentido de los versículos más sustanciosos, tal como es propio de las biblias católicas oficiales— y ello, obviamente, no gustaba nada a la jerarquía católica. Así que, tras anularse la legislación eclesiástica que, desde el siglo XVI, prohibía la lectura de la Biblia en lenguas vulgares, la Iglesia española encargó su propia traducción.

La forma actual de los libros históricos y legislativos de la Biblia tiene poco o nada que ver con los documentos originales en que se basaron o se inspiraron, ya que son el resultado de la amalgama de diferentes colecciones documentales y tradiciones orales que fueron puestas por escrito —y, a menudo, reescritas, reinterpretadas y ampliadas— en épocas distintas y por personas y/ o escuelas diferentes.

Las fuentes

Las más antiguas recopilaciones de tradiciones que aparecen en Génesis, Éxodo, Levítico y Números se remontan a algún momento, de fecha imprecisa, dentro de la denominada época de los reyes —probablemente durante el reinado de Salomón (hacia 970-930 a.C.)—, que es cuando se desarrolló la historiografía israelita como resultado del esplendor político de esos días. En estos libros aparecen claramente identificables los textos pertenecientes a dos fuentes tradicionales muy distintas, el yahvista y el elohísta, identificadas públicamente por primera vez en 1711, en un libro de Henning Bernhard Witter, que pasó desapercibido; luego fueron detectadas en 1753 por Jean Astruc, médico de Luis XV, pero su libro fue igualmente silenciado y, por último, en 1780, fueron puestas en evidencia definitivamente por el erudito alemán Johann Gottfried Eichhorn.

La observación que hicieron esos tres analistas fue tan sencilla como darse cuenta de que en los libros del Pentateuco (los cinco primeros de la Biblia, que tienen a Moisés por supuesto autor) había muchas historias que se duplicaban, pero que lo hacían con notables contradicciones al relatar los mismos hechos, usaban estructuras de lenguaje diferentes y, en especial, variaba de uno a otro el nombre dado a Dios: uno le identificaba como Yahveh y el otro como El o Elohim, de ahí el nombre que se dio a esas fuentes. Dado que ambos autores escribieron al dictado de los acontecimientos sociopolíticos que les tocó vivir y de las necesidades legislativas que se derivaron de esos momentos, el análisis de contenido de sus textos muestra claramente como el yahvista vivió en Judá mientras que el elohísta lo hizo en Israel. En algún punto de la historia ambas tradiciones se juntaron y fundieron en una sola.

En 1798 los investigadores ya habían ampliado la cantidad de redactores del Pentateuco de dos a cuatro, al observar que dentro de cada fuente también se daban duplicaciones de textos con personalidad propia y definida. Así se descubrió a la fuente denominada sacerdotal, que se ocupa, fundamentalmente, de fijar las costumbres relativas al culto y los ritos. Estos tres compiladores —yahvista, elohísta y sacerdotal— redactaron los cuatro primeros libros del Pentateuco y una cuarta fuente, bautizada como el deuteronomista, redactó el quinto. Quedaba así definitivamente demostrado que Moisés no escribió la parte más fundamental de la Biblia.

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