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La complejidad irreducible es un argumento de los partidarios del diseño inteligente que sostiene que ciertos sistemas biológicos son demasiados complejos para haber evolucionado a partir de predecesores más simples, o "menos completos", a través de la selección natural actuando sobre una serie de mutaciones beneficiosas de naturaleza azarosa y natural. El argumento es central en el diseño inteligente y es ampliamente rechazado por la comunidad científica, la cual considera al diseño inteligente unánimemente como una pseudociencia. La complejidad irreducible es uno de los dos principales argumentos usados por los defensores del diseño inteligente, siendo el otro la complejidad específica. Su máximo defensor es el paracientífico y charlatán Michael Behe.

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A pesar de haber sido formulado por un bioquímico, Behe, ninguna corriente científica lo asume, dado que es completamente falaz. Únicamente es empleado por predicadores creacionistas como recurso en sus sermones, dado que tiene un gran efecto sobre personas sin formación científica, al aparentar ser muy intuitivo.

Ejemplos

Los clásicos ejemplos de sistemas irreducibles esgrimidos por sus seguidores son el flagelo bacteriano, el ojo humano o el sistema de coagulación de la sangre. Los defensores del diseño inteligente avanzan un paso más allá, convirtiendo el razonamiento en una verdadera falacia: dado que no podría explicarse la existencia de estos sistemas mediante selección natural, obligatoriamente tienen que ser fruto de un diseñador inteligente.

Refutación

Tomemos el caso del sistema de motilidad bacteriana. La estructura arquetípica es el flagelo de Escherichia coli o de Salmonella enterica que depende de la acción de unos 30 genes. Según Behe, ninguna de las piezas componentes se puede eliminar sin que se pierda la actividad. Por tanto, es imposible imaginar estadios intermedios durante la evolución de una estructura de tal complejidad porque no supondrían ventaja selectiva alguna a sus poseedores.

Además, repasando la bibliografía dice que no ha encontrado artículos ni libros que expliquen con detalle las sucesivas etapas evolutivas en la formación de un flagelo. La conclusión de Behe es que no encuentra explicación porque no la hay: no se puede concebir el origen y la evolución del flagelo por selección natural.

El concepto de complejidad irreducible depende de lo incompleto que sea nuestro conocimiento de la diversidad de las estructuras moleculares y de los mecanismos evolutivos que las han originado, una ignorancia lógicamente pasajera. Por tanto, y a diferencia de la noción de diseño inteligente, la complejidad irreducible es refutable. Para empezar, cuando Behe habla de «el flagelo» está reflejando una visión esencialista de la biología celular que es falsa.

No existe «un» flagelo sino una enorme diversidad de sistemas de motilidad microbianos. La genómica ambiental ha revelado que existen millones de flagelos diferentes. La ciencia microbiológica se basa en una fracción insignificante de la biodiversidad y, por tanto, el argumento de Behe se edifica sobre un conocimiento provisional y fragmentario de la motilidad bacteriana. Se trata, pues, de un cimiento muy frágil para un argumento tan fuerte como el del diseño inteligente.

Para desgracia de Behe y sus secuaces, disponemos de un esquema razonable de la evolución del flagelo. Irónicamente, es el mismo que ya usó Darwin para desmentir el ojo con diseño de Paley.

La selección natural ha actuado sobre estructuras más simples, adaptativas para los seres que las poseían. Si bien durante la evolución del ojo la presión selectiva fue la capacidad de detectar la luz y captar y enfocar imágenes –en expresión de Richard Dawkins, más vale un ojo rudimentario e imperfecto que ningún ojo–, los antepasados de los flagelos bacterianos no tenían función motora: eran maquinarias de secreción proteica. De hecho, los sistemas de secreción bacterianos de tipo III actuales son homólogos (es decir, comparten antepasados comunes) con componentes fundamentales de la maquinaria motora, como indican las comparaciones de las estructuras primarias de las proteínas y los análisis filogenéticos.

Ésta es una de las mayores dificultades que afronta la reconstrucción del pasado: las formas ancestrales de una determinada estructura quizá no tenían la misma función que sus descendientes. Además, como sugirió François Jacob extendiendo a escala molecular un concepto de Darwin: la evolución por selección natural se parece más al proceder del bricolaje que al plan de un ingeniero. El oportunismo evolutivo echa mano de lo que tiene a su disposición. La combinación de partes con unas funciones originales dadas puede dar lugar a agrupaciones nuevas con funciones diferentes. Por precaria que sea la nueva función, si proporciona una ventaja adaptativa, pasará a las nuevas generaciones y se someterá a posibles procesos de optimización.

Desde el punto de vista bioquímico, el argumento de la complejidad irreducible contiene otro error descomunal. Behe considera que las proteínas tienen una única función y, por tanto, como componentes de estructuras complejas, exhiben una determinada funcionalidad relacionada con el conjunto. De nuevo, esta visión esencialista, casi platónica, de las proteínas no es correcta. Behe continúa pensando en las enzimas como los catalizadores estrictamente selectivos de hace 50 años e ignora propiedades como la ambigüedad por el sustrato y la promiscuidad catalítica o la existencia de actividades crípticas. Una proteína perteneciente a un determinado complejo funcional –sea éste una organización supramacromolecular como el flagelo, o una ruta metabólica– puede exhibir funciones diferentes por ella misma o asociada con otras. Un enzima puede ejercer su función en más de un contexto metabólico y, por tanto, debería estar descrito en más de un capítulo en los libros de texto. Esta realidad es menospreciada por Behe y eso invalida totalmente el argumento de la complejidad irreducible.

Conclusión

Concluyendo, la doctrina de la complejidad irreducible no presenta hoy por hoy, ninguna evidencia en favor de sus premisas iniciales -la existencia de sistemas irreducibles- y el razonamiento es incorrecto en sí mismo, lo que lo invalida completamente para ser considerado como una teoría y poder ser utilizado como base de ninguna investigación.

Los supuestos “complejos irreductibles” esgrimidos por el diseño inteligente no son tales, invalidando la tesis de Behe. Este es el motivo por el que la comunidad científica no toma en cuenta el argumento de la “complejidad irreductible”: no porque sea contradictorio con una supuesta “ciencia oficial”, no porque sea molesto, no porque sea revolucionario; el motivo consiste, simplemente, en que es falso.

Aún así, podría encontrarse un sistema complejo que cumpliera los requisitos de Behe: no existencia de estados más simples e imposibilidad de que sus componentes funcionen por separado. Aunque así fuera, el argumento seguiría siendo inválido, fundamentalmente por incurrir en dos falacias lógicas:

1. Falacia del falso dilema: “o bien la estructura fue creada al azar, o bien fue diseñada por un dios”.

Este planteamiento es erróneo, al ignorar otras posibilidades. En primer lugar, la selección natural no es un proceso al azar, en segundo lugar, puede haber más explicaciones (por ejemplo, Margullis ofrece una alternativa a la evolución gradual del flagelo bacteriano: la endosimbiosis).

2. Falacia non sequitur: “no puedo comprender como se formó el flagelo bacteriano, por lo que tuvo que ser obra de un dios”.

Obviamente, éste tampoco es un razonamiento correcto. Que no comprendamos un proceso no demuestra que sea creado por una inteligencia superior. Tampoco se comprendían las razones del movimiento de los astros en el siglo XII y sin embargo la alternativa de un mecánico celestial ha resultado completamente falsa.


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