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Cremas antienvejecimiento

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Cremas antienvejecimiento
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Fraudes y charlatanería

Mito

Las cremas cosméticas antienvejecimiento son costosas por lo que deben de funcionar.

Refutación

A pesar de las aseveracions pseudocientíficas con las que se promueven en televisión y revistas, no existen cremas cosméticas que eliminen las arrugas, reviertan o eviten cualquier otro síntoma de envejecimiento. Las arrugas son el resultado de muchos factores -algunos hereditarios y otros, como el estar bajo el sol o fumar. Ninguna crema puede contrarrestar los efectos de esos hábitos personales empleando cremas.

Según los dermatólogos, la mayoría de las "cremas antiedad" son meros emolientes sofisticados. Son sustancias que inflan la piel porque la hacen retener agua. Otras son cremas exfoliadoras que eliminan las células muertas de la superficie de la piel, dejando expuestas las capas interiores más lozanas.

Las cremas que venden en las tiendas de cosmética están llenas de ingredientes mágicos: tecnología Regenium, complejo Nutrileum, RoC Retinol Correxion, ATP Estimulina y «tensor peptídico vegetal». Algunos laboratorios van más allá y agregan a sus productos pepita de uva, rejuline y peptidos biometicos, pro retinol A forte, Premium βx o Hydra Mineral Complex. Pero ¿qué son todos esos ingredientes mágicos? ¿Y qué hacen?

Ingredientes

Básicamente, son tres los grupos de ingredientes presentes en una crema hidratante. En primer lugar, hay sustancias químicas potentes (como los ácidos alfa-hidróxidos), niveles elevados de vitamina C o variaciones moleculares sobre la base de la vitamina A. Todas ellas han demostrado fehacientemente que confieren una apariencia más juvenil a la piel, pero sólo resultan eficaces en concentraciones tan altas —o a niveles de acidez tan pronunciados— que las cremas así fabricadas provocan irritaciones, picores, quemazón y enrojecimiento. Eran la «gran esperanza blanca» de la década de 1990, pero ahora todas han visto muy rebajadas sus concentraciones por ley, excepción hecha de las que se sirven bajo receta médica.

Las empresas que comercializan estos productos continúan nombrando esas sustancias en sus etiquetas, regodeándose en la conocida maravilla de su eficacia a niveles superiores de concentración, gracias a que no están obligadas a facilitar las dosis de sus ingredientes, sino solamente a ordenarlas por volumen de presencia en el preparado final. Pero lo cierto es que esos compuestos químicos sólo suelen figurar en la crema que el consumidor compra en niveles de concentración meramente testimoniales, como si de un talismán se tratara. Los pretendidos efectos anunciados en los diversos frascos y tubos son herencia de los tiempos idílicos de las eficaces cremas ácidas de alta potencia, pero es difícil saber hasta qué punto son ciertos hoy en día, porque normalmente se basan en estudios financiados y publicados de forma privada, realizados por el propio sector y casi nunca disponibles en su formato publicado y completo (como todo trabajo propiamente académico debería estar para que cualquiera pudiera comprobar el procedimiento y los resultados). Obviamente, la mayoría de las «pruebas» citadas en los anuncios de cremas dejan a un lado todas esas cuestiones técnicas y se basan en testimonios subjetivos, según los cuales «siete de cada diez personas que recibieron muestras gratuitas de la crema dijeron estar satisfechas con los resultados».

El segundo ingrediente presente en casi todas las cremas caras es uno que más o menos funciona: proteína vegetal cocinada e hibridada (ya sean «nutricomplejos» de microproteína XYZ hidrolizada, tensores peptídicos vegetales o cualquier otro nombre que se les haya ocurrido darles este mes). Se trata de unas largas cadenas de aminoácidos que flotan en la crema y yacen sobre la humedad de ésta. Cuando la crema se seca sobre el rostro de una persona, estas cadenas largas y (hasta entonces) saturadas de humedad se contraen y se tensan: la sensación de tirantez ligeramente desagradable que cualquier mujer puede sentir en el rostro al aplicarse alguno de estos productos se debe a la contracción que experimentan esas cadenas de proteínas por toda la piel de su cara, y que actúa encogiendo temporalmente las arrugas más finas. Es la efímera (aunque inmediata) recompensa que se obtiene de usar estas cremas caras, pero que no serviría para que se decantaran por una u otra, ya que casi todas ellas contienen cadenas de proteínas hibridadas.

Por último, está la enorme lista de ingredientes esotéricos, dispuestos como quien arroja pócimas a un caldero mientras pronuncia un conjuro, y que vienen elegantemente envueltos en un lenguaje sugerente que permite que creamos toda clase de promesas asociadas a su uso.

Es ya un clásico que las empresas de cosméticos aprovechen información sumamente teórica (más propia de un manual especializado) sobre el funcionamiento de las células (ya sea de los componentes de éstas a nivel molecular o de su comportamiento en una placa de Petri en el laboratorio) y luego pretendan hacernos creer que es el último grito en ciencia sobre productos para mejorar nuestro aspecto. «Este componente molecular —anuncian con cierta fanfarria— es crucial para la formación de colágeno.» Y eso puede ser perfectamente verdad (como también lo es en el caso de otros muchos aminoácidos que el cuerpo usa para insertar proteína en las articulaciones, la piel y en todos sus demás rincones), pero no hay motivo para pensar que nadie padezca una deficiencia del mismo, o que, embadurnándose la cara con él, vaya a notar diferencia alguna en su aspecto. En general, no hay nada que se absorba muy bien a través de la piel, ya que la finalidad de ésta es, precisamente, la de actuar como una barrera relativamente impermeable. Cuando alguien pisa uvas en un tonel con motivo de algún acto más o menos festivo o simbólico, ni se emborracha ni engorda.

Pese a esto, existen quienes pregonan tener como ingrediente de su producto estrella «ADN de hueva de salmón especialmente tratado»: el Valmont Cellular DNA Complex. Pero es extraordinariamente improbable que nuestra piel absorba una molécula tan grande como la del ADN, o que ésta fuera a ser de utilidad alguna para la actividad sintética cutánea en el casi imposible caso de que la absorbiera. Si el ADN de salmón fuera realmente absorbido por nuestra piel, lo que sucedería sería que nuestras células estarían absorbiendo mapas genéticos ajenos, concretamente, de un pez. También sería sorprendente que el ADN acabara siendo digerido y descompuesto en sus elementos constitutivos dentro de nuestra piel (es nuestro intestino el que está específicamente adaptado para digerir moléculas grandes mediante el uso de enzimas digestivas que descomponen aquéllas en sus partes constituyentes para que sean absorbidas por nuestro organismo).

El denominador común subyacente a todos estos productos es la supuesta posibilidad de engañar al propio cuerpo, cuando, en el fondo, hay toda una serie de mecanismos «homeostáticos» de precisión, de elaborados sistemas con dispositivos de medición y retroalimentación, que calibran y recalibran constantemente las cantidades de los diversos constituyentes químicos que se envían a las diferentes partes de nuestro organismo. Si algún efecto podría tener el hecho de interferir en ese sistema, sería probablemente el opuesto a los efectos simplistas que se atribuyen a tales intervenciones[1].

Caveat emptor

Las leyes permiten a los fabricantes usar frases publicitarias como "complejo antiedad para la cara", y depende del comprador dejarse engañar o no. O comprarla si sabe que el efecto es efímero. En países con leyes más estrictas, el mismo producto se describiría como "promotor de tersura, firmeza y luminosidad".

Véase también

Referencias y ligas externas

  1. Goldacre, Ben, (2008). Bad science (Mala Ciencia). London: Fourth Estate. ISBN=9780007240197


P Mitos de mercadeo pseudocientífico
Mitos del mercadeo   Agua de mar hexagonalAntioxidantesCremas antienvejecimientoCremas oxigenadorasDesintoxicaciónGrasa en orinaIndustria de los cosméticosOzonoterapiaSuplementos alimenticiosTerapia quelanteVitaminas y estrés
Mitos anticiencia   Decaimiento de CMemoria del aguaOxigenación de la piel

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