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Religiosa

El año 600 de la vida de Noé, el mes segundo, el día 17 del mes, saltaron todas las fuentes del abismo, y las compuertas del cielo se abrieron, y estuvo descargando la lluvia sobre la tierra cuarenta días y cuarenta noches

~Génesis 7: 11 y 12

El diluvio universal es un evento catastrófico y mítico que se encuentra en el libro del Génesis. La narrativa cuenta la historia de una gran inundación en todo el mundo, en el que hasta el último humano y animal murió, a excepción de los salvados en el arca; una embarcación construida por orden de Dios a Noé.

El diluvio, según la Biblia, fue provocada porque cada persona en todo el mundo -exceptuando a las ocho personas que Dios escogió- era mala y tenían que ser borrados del mapas. El tipo de maldad no se deja claro por lo que los creyentes son libres de desarrollar ideas imaginativas. La narración no especifica si los niños muy pequeños, los bebés (o incluso los no nacidos), y casi todos los animales del mundo fueron asesinados porque eran en verdad malvados o si fueron solo un daño colateral.

El mito

Arca Noe

Arca de Noé

Con alguna que otra variante, la narración de un gran diluvio universal forma parte de la mitología y leyendas de casi todas las culturas. Aún algunos pueblos que viven lejos del mar, como los indios Hopi del sudoeste de los Estados Unidos y los incas de los Andes peruanos, conservan tradiciones referentes a una vasta inundación que cubrió los llanos y la cúspide de las montañas, y virtualmente acabó con la vida del planeta. El libro del Génesis relata, de igual manera que estuvo lloviendo ininterrumpidamente dando como resultado una inundación que alcanzó 15 codos por encima de la montaña más alta. Todo lo que estaba vivo desapareció en el olvido a excepción de Noé y demás moradores de la célebre Arca. Según el mismo relato, tal Arca estuvo flotando un año y once días hasta detenerse en el monte Ararat.

Sin embargo, a través del tiempo, este relato ha sido uno de los más debatidos de la Biblia. La mayoría de los científicos conviene en que se basa en un acontecimiento local (como el desbordamiento de un río, un fuerte huracán o un tifón) que se exageró, recibió viso de leyenda y luego fue elevado a la estatura heroica del mito.

Desde la época de las luces, se han efectuado repetidos intentos encaminados a hacer creíble de alguna manera una inundación general verdadera y a procurar al fenómeno una explicación científico-natural. A finales de los 70s del siglo pasado, salieron dos hipótesis de mano de dos disciplinas distintas que pretendían echar luz a la verdad acerca de ese evento. La geología, cuyos investigadores estudiaron las conchas de un diminuto ser marino que vivió en la supuesta época del diluvio, es decir, hace 11,600 años; y la arqueología, que cree haber descifrado lo que la mano del hombre escribió 80 siglos después.

Punto de vista científico

Para muchos científicos es evidente que los relatos de grandes diluvios no pueden haber correspondido a la realidad de los hechos. Incluso, aunque hubiese estado lloviendo durante cuarenta días con sus noches, lo que sucede todos los años en las regiones de las lluvias monzónicas más fuertes, sino mucho más tiempo todavía, nunca habría podido caer de la atmósfera tal cantidad de agua como para inundar parte de la Tierra (o la Tierra entera) hasta por encima de la montaña más elevada.

Son muchos los países con leyendas referentes a un gran diluvio. El estudioso Richard Andree estableció en 1891 la existencia de más de 85 de estas leyendas. Estas se presentan desde Asia, pasando por Europa, los archipiélagos del Pacífico, y llegando a América completa. La duración del diluvio oscila en los diversos relatos entre cinco días y los 52 años de los aztecas. Según los chinos, la causa fue que un espíritu malvado, Kung-kung, en un arranque de cólera rompió de un cabezazo una de las columnas que sostienen el cielo, cayendo así la bóveda celeste sobre la Tierra.

Hoy se tiene la creencia de que se trata de una gran cantidad de leyendas locales aisladas que se parecen entre sí porque precisamente han ocurrido en todas las partes de la Tierra gigantescas inundaciones. Es verdad que esta explicación se queda corta por la misma razón se tendrían que haber extendido por el mundo leyendas de gigantescos incendios, terremotos y fenómenos similares, y no sucede así.

La Epopeya de Gilgamés y Utnapishtim

Antes de comenzar, debemos tener en cuenta lo siguiente: el relato bíblico del Diluvio Universal, redactado allá por el año 600 antes de Jesucristo, no es de ninguna manera un relato original, sino una reinterpetación (o plagio para algunos) y tremenda exageración de las leyendas asirias y babilónicas.

Durante las excavaciones realizadas en Kujundjik, fueron encontrados restos de la biblioteca real de Nínive (capital de Asiria, denunciada por la Biblia como semillero de vicios y villanía). Nínive se encontraba en la región de Mesopotamia, en lo que hoy es Irak. Cerca de allí, hace unos 5500 años, se inició la civilización sumeria, la primera según muchos estudiosos. En ese lugar, en 1850, el aficionado a la arqueología sir Henry Layard descubrió miles de tablillas de arcilla destrozadas. Las envió al Museo Británico, donde hoy se encuentran todavía, y un grupo de eruditos se aplicó a traducir la extraña escritura. Entre estos se encontraba George Smith, asiriólogo aficionado y grabador de billetes de banco. Iba al museo de noche y estudiaba durante horas los caracteres que a un profano le hubieran parecido tablas por donde pasó un pájaro y dejó sus huellas.

Smith se encontró en una tablilla, la número 11, una narración babilónica llamada La Epopeya de Gilgamés, escrita en caracteres cuneiformes y datada hacia una época situada unos 2600 años antes de Jesucristo.

La Epopeya de Gilgamés cuyo original se encuentra en el Museo Británico de Londres, fue traducida en 1876 y relata que el héroe Gilgamés emprende un viaje para visitar a su antepasado Utnapishtim. Al encontrarlo, este le habla acerca del diluvio de que fue testigo en tiempos pasados. Se puede considerara al tal Utnapishtim como el Noé babilónico, quien, avisado por presagios, se salvó a sí mismo y a los suyos construyendo a tiempo una nave parecida a un arca, con la que pudo navegar en medio de la desolación general, hasta detenerse después de siete días de estancia en la nave, en la montaña Nizir, al este del río Tigris. Al igual que el Noé bíblico, envió sucesivamente una paloma, una golondrina y un cuervo para que le indicaran si la inundación continuaba, abandonando finalmente el arca cuando el cuervo no regresó.

Resultaba tan notable la similitud con la historia de Noé, que difícilmente se antojaría mera coincidencia. Puesto que Babilonia figura en forma prominente en otros pasajes bíblicos, algunos llegaron a pensar que ambas podrían referirse a la misma inundación local, causada tal vez por los ríos Tigris y Éufrates, que corren por Mesopotamia y desembocan en el Golfo Pérsico. Sin embargo, la mayoría de los arqueólogos seguían sin creer que los babilonios hubieran registrado un suceso real.

A esto hay que añadir el aspecto lingüístico ya que Lutero no tradujo correctamente el texto original hebreo. No debe decir: “He aquí que voy a hacer que venga un diluvio con aguas”, como figura en las ediciones de la Biblia basadas en la traducción de Lutero, sino: “He aquí que voy a hacer que venga un diluvio procedente del mar”. Partiendo de este dato podemos decir que el Diluvio tan famoso no fue más que una inundación extraordinariamente grande, procedente del Golfo Pérsico, debida a unas tormentas y terremotos. ¿Es eso, o hay otra explicación?

Si lo anterior es verdad, entonces debió ocurrir en la cuenca baja del Éufrates y del Tigris hace unos 6000 años. Tanto la leyenda babilónica como la asiria contienen datos según los cuales hubo de tratarse de una inundación procedente del mar, acompañada de terremotos, y procediendo del mar hacia tierra adentro, mientras que una inundación fluvial a consecuencia de las lluvias tendrían que haber seguido precisamente un camino opuesto. Cuando, por ejemplo, la Biblia relata que “se hendieron todas las fuentes del gran Abismo”, esta expresión solo puede ser entendida en el sentido de que las sacudidas sísmicas hicieron ascender las aguas subterráneas. Además, no hay “abismos” en el cielo.

La leyenda asiria del Diluvio es muy parecida a la babilónica, Gilgamés se llama en ella Izdubar, y Utnapishtim pasó a llamarse Hasis-Adra o Xisuthros. La ira de los dioses, origen del diluvio, no se dirige en la leyenda asiria contra todo el género humano, sino que tiene como objetivo principal la destrucción de la ciudad de Schuruppak, la cual se encontraba a casi medio camino entre Babilonia y Bagdad, junto a la actual colina de Abi-Habba.

En 1877, la Universidad de Pensilvania patrocinó unas excavaciones en la región. En cuatro años de trabajo en la antigua ciudad sumeria de Nippur, encontraron unas 50 mil tablillas, entre ellas un fragmento de 3700 años de antigüedad con otra narración del diluvio de La Epopeya de Gilgamés.

La “explicación exacta”

En 1922, el inglés sir Leonard Wooley comenzó a excavar en el desierto, a mitad del camino entre Bagdad y la punta del Golfo Pérsico. En ese lugar, la arruinada torre de un gran templo marcaba el lugar donde en otros tiempos se alzó Ur, una de las principales poblaciones de Sumer. En ese lugar, Wooley y sus obreros descubrieron los cementerios reales de la ciudad. Enterradas entre los reyes y nobles había fabulosas obras de arte: yelmos, espadas, instrumentos musicales y otros objetos de oro, plata y piedras preciosas. Además, junto con las muestras de notable artesanía y avanzadas técnicas, se encontraron varios asombrosos documentos históricos impresos en arcilla.

Ya antes de esas investigaciones se conocían las llamadas listas de los reyes sumerios, sucinta crónica de la realeza de aquel pueblo. Pero no las consideraban fidedignas ya que comienzan con soberanos que reinaron antes del Diluvio y ¡los reinados de solo ocho suman 241200 años! Incluso Wooley pensó que eso era absurdo. Y he aquí que en Ur halló inscripciones que mencionaban a algunos de los personajes citados en las listas, entre ellos al fundador de la Primera Dinastía. Hasta tal descubrimiento, la habían considerado mítica; desde entonces, se volvió histórica. Según las listas, comenzó después del Diluvio, época en que muchos soberanos sumerios reinaban al parecer durante varias generaciones.

Wooley concluyó que el cementerio se había iniciado poco antes de la Primera Dinastía de Ur. Creía que una civilización muy avanzada debía de haber precedido a esta. Sin embargo, aparte de las listas de los reyes, no existía ninguna evidencia física de que los sumerios no hubieran simplemente surgido del desierto, como las plantas que brotan después de la lluvia.

Luego de examinar las pruebas disponibles, el arqueólogo resolvió cavar más hondo, debajo de las tumbas. Los obreros atravesaron un metro de ladrillos de adobe descompuestos, cenizas y pedazos de alfarería. “Y entonces, todo acabó de pronto”, escribió en sus notas. “No vimos más tiestos ni cenizas; solo barro limpio depositado por el agua”. El peón árabe que se encontraba en el fondo del pozo le dijo que ya no hallarían nada más, pero Wooley ordenó que se siguiera cavando. Pasando los dos metros de arcilla limpia, el trabajador comenzó a extraer utensilios de sílice y fragmentos de cerámica, hechos por una cultura de la alta edad de piedra. Wooley bajó, observó las paredes, hizo algunas anotaciones, y llamó a dos de sus ayudantes para preguntarles qué explicación daban al hallazgo. Aunque estos no supieron qué decir, su esposa sí que tenía una opinión: “Fue el Diluvio por supuesto”. Wooley encontró huellas de una inundación particularmente violenta que, se consideró el Diluvio universal. Una gigantesca capa de barro extendida 600 Km de longitud y 150 Km de anchura, atestigua que la desembocadura de los ríos Tigris y Éufrates, que antiguamente llegaban al mar por separado, estuvo afectada en tiempos antiguos por una inundación de siete metros de altura y, tratándose de una región llana como la palma de la mano, fue suficiente para que “muriera todo cuanto bajo el cielo tuviera hálito de vida”. Cualquier geólogo podrá afirmar que en un país llano completamente, con una altitud de la del nivel del mar, podía una inundación tener efectos tan devastadores como los relatados en la Biblia.

Aún hoy, existen científicos que aseguran que es posible que un Tsunami bien pudo causar una catástrofe de esas dimensiones. En 1737 y 1876, olas de 12 metros barrieron el delta del Ganges y Brahmaputra. En nuestra época hemos visto la destrucción causada por estos monstruos de agua y hasta se han filmado.

El análisis microscópico demostró que la espesa capa de limo había sido en verdad depositada por las aguas en una inundación suficientemente extensa para acabar con la primitiva civilización sumeria. Por tanto, para los eruditos, los orígenes del fenómeno mencionado en la Biblia resultaban evidentes. Se hallaban en Ur, de donde Abraham partió llevando consigo la leyenda sumeria de tal acontecimiento. La Epopeya de Gilgamés y el relato de Noé convergieron en un pozo excavado en un desierto de Mesopotamia.

Una concha y la conmoción

Ahora bien, ni Wooley ni la comunidad científica aceptaban la idea de un Diluvio Universal; lo consideraban una calamidad puramente local, circunscrita al valle del Tigris y el Éufrates. Así quedaron las cosas por 40 años más, hasta finales de 1960 y principios de 1970, cuando dos naves oceanográficas norteamericanas extrajeron del fondo del Golfo de México varios núcleos de sedimento largos y delgados. Contenían conchas de diminutos organismos unicelulares de plancton llamados foraminíferos. Mientras viven en la superficie, estos encierran en su cubierta un registro químico de la temperatura y la salinidad del agua. Cuando se reproducen la desechan y cae al fondo. Un corte seccional del suelo lleva una relación de climas pasados que acaso abarque más de 100 millones de años. Cada dos o tres centímetros pueden representar un milenio de la historia de la Tierra.

Analizaron los núcleos en dos investigaciones independientes: una por César Emiliani, y la otra por James Kennett y Nicholas Shackleton. Ambas revelaron un cambio fundamental en la salinidad, lo que según ellos era prueba de una gran afluencia de aguas dulces al Golfo de México. Recurriendo al radiocarbono, el geólogo Jerry Stipp concluyó que el Diluvio ocurrió hace 11600 años, poco más o menos.

La última edad glacial comenzó hace unos 30,000 años y alcanzó su apogeo acaso 12,000 años después. Para entonces, Canadá y el norte de los Estados Unidos estaban cubiertos por una capa de hielo mayor aún que la que forma actualmente la Antártida; otra más pequeña tapaba Europa y a la Siberia occidental. Estas y los glaciares de las grandes montañas habían absorbido dentro de su masa helada bastante agua para hacer descender el mar más de 95 metros por debajo del nivel actual. Grupos humanos primitivos vivían en tierras hoy sumergidas a grandes profundidades. Según Emilianin el casquete polar de la América del Norte sufrió un derrumbe repentino, seguido de un rápido derretimiento. Una cantidad inmensa de agua se precipitó en el Golfo de México y elevó en todo el mundo el nivel de los mares con la velocidad de un maremoto, el cual puede circundar al globo terráqueo en 24 horas. El hombre tuvo que emigrar tierra adentro, y tal migración acaso dio origen al relato de un Diluvio Universal.

Todo ello evoca una espantosa catástrofe: enormes paredes de hielo que se desprendieron de la masa que avanzaba y luego se desplomaron en el río Mississippi, que los arrastró hasta el Golfo de México. Al mismo tiempo el clima cálido derritió el hielo y liberó más aguas; algunas corrieron al Atlántico y otras al Pacífico.

No todos los científicos están de acuerdo acerca de lo que se explicó en el párrafo anterior. Algunos geólogos cuestionan el que las aguas de los deshielos hayan bajado por el valle del Mississippi. Otros ponen en tela de duda que hayan entrado jamás en el Golfo de México. Pero eso no importa nada comparado con el hecho de que de algún modo una gran cantidad de agua se vertió en el Golfo.

Tales conclusiones fueron corroboradas por los geólogos Kennett y Shackleton, quienes determinaron que una gran cantidad de aguas glaciares llegó al Golfo de México. Los tres investigadores detectaron que el isótopo de oxígeno en las conchas foraminíferas revela una notable disminución temporal en la salinidad en las aguas del Golfo de México. Esto muestra claramente que hubo un extenso período de inundaciones de 12 mil a 10 mil años atrás, y que estas alcanzaron su punto máximo hace unos 11600 años.

Pero esta teoría no es nueva, Richard Hennig ya había intentado hacer coincidir el diluvio con el período glacial, tratando de apoyar con tales razones la idea de que las grandes precipitaciones que habían ocasionado en el norte el aumento de los glaciares, habían dado lugar, en las regiones meridionales, a la aparición de grandes inundaciones. Esto lo publicó en su obra Sintflut und Eiszeit in Naturwiss, en 1894.

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