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El libro bíblico del Apocalipsis concluye con una batalla cósmica entre las fuerzas del bien y el mal que termina con el destierro de Satanás y sus secuaces demoníacos a las profundidades ardientes del Infierno. La idea del Infierno, como el desarrollo de Satanás, evolucionó a lo largo de siglos. A lo largo de la evolución del Infierno, sin embargo, dos elementos esenciales son constantes: el Infierno es la cámara de tortura post mortem donde los injustos son castigados por sus pecados en este mundo, y es la residencia del Diablo.

Aunque muchas de las ideas sobre el "Infierno de Satanás" han sido influenciadas por la cultura popular, la pregunta central es esta: ¿Qué dice la Biblia acerca de este polo opuesto cósmico del cielo donde los impenitentes están condenados a sufrir?

No hay un concepto del Infierno en la Biblia hebrea. El hoyo proverbial de fuego donde los pecadores son torturados por toda la eternidad está ausente. Todos los muertos, justos e injustos, compartirán un destino común, un mundo subterráneo conocido como el Sheol (en hebreo: שאול). La Biblia hebrea tiene un cielo, situado por encima de la cúpula del cielo. Pero el cielo era la morada de Dios y de los ángeles, no está disponible para los mortales, excepto en casos especiales. Tanto Enoc[1] y Elías[2] omitieron la muerte y el sepulcro, y se fueron directamente de la vida mortal a la comunión con Dios. En la leyenda judía, Enoc y Elías se convirtieron en figuras mediadoras, moviéndose entre la tierra y el cielo, ya que no tienen que pasar la eternidad en las tierras de penumbra del Sheol. Enoc regresa periódicamente a la tierra con el fin de revelar secretos cósmicos a videntes, Elías visita regularmente la tierra con el fin de rescatar a los pobres y compartir una comida de Seder con familias judías en la Pascua.

No hubo concepción vívida de la vida futura en la visión del mundo israelita, a diferencia de las creencias en el vecino Egipto que tenían una guía ilustrada hacia la otra vida: el Libro de los Muertos. Pero las semillas del cielo y el Infierno fueron esparcidas aquí y allá: en las leyendas de Enoc y Elías, en las tradiciones acerca de los profetas que habían sido transportados a la corte celestial (1 Reyes 22: 19-23), y en el abismo cada vez mayor entre la experiencia de los hijos de Judá y su teología. Después de siglos de esperanzas incumplidas, pensadores judíos en la época del Segundo Templo comenzaron a considerar la posibilidad de que no se producirá el día del juicio, en esta vida, si no en la siguiente.

La idea del juicio post mortem permitió a los judíos mantener la fe en la justicia divina sin negar que, en esta vida y con demasiada frecuencia, los impíos florecen mientras los virtuosos languidecen. Una vez que el banquete de premiación de la vida se pospuso hasta la otra vida, los pensadores judíos tuvieron que encontrar lugares adecuados, salas de eventos, para dar cabida a los huéspedes. Los justos entrarían a los recintos celestiales con Dios y sus ángeles. Pero ¿qué hacer con los injustos? No había lugar ya hecho en su cosmología actual para encarcelarlos. Esto requería de un poco de nueva acción constructiva.

La Gehena

Inspirado en un vertedero de basura en las afueras de Jerusalén, donde antes se habían realizado ritos de sacrificios de niños y los incendios duran una eternidad, algunos pensadores judíos en el Período Intertestamental comenzaron a identificar a ese lugar, la Gehena ("Valle de Hinnom") como el lugar del juicio. Aún existe el lugar el día de hoy. Gehena sirve como el portal al Sheol, que había sido remodelado de una morgue en una cámara de tortura. La Gehena era el lugar perfecto. Era un valle situado en la base de la depresión topográfica en el perímetro de Jerusalén. En la cima de la pendiente ascendente de la Gehena estaba el Monte del Templo. La topografía del cielo y el Infierno, entonces, se vio reflejada en el perfil geológico de la Ciudad Santa. En su base reposan las puertas de la muerte, en su altura, la puerta del cielo, el Sancta santórum en el Segundo Templo.

Concepto del Infierno

La idea del "Infierno" no aparece en la Biblia hasta el Nuevo Testamento. La palabra real, sin embargo, no aparece nunca. La palabra Infierno proviene del latín Infernum o Inferus: 'inferior, subterráneo'. El Nuevo Testamento utiliza los términos "Gehena" y "Hades" (en griego antiguo ᾍδης Hadēs, originalmente Ἅιδης Haidēs o Ἀΐδης Aïdēs —dórico Ἀΐδας Aidas—, 'el invisible') para referirse a los lugares que interpretamos actualmente como el Infierno.

Infierno Dante

Pablo, el escritor cristiano más antiguo, que escribió entre el 51 y 63 EC; (de la Era Común), no menciona en absoluto el Infierno. Él tiene mucho que decir sobre el destino de los pecadores, sin embargo, e incluso enumera los delitos que lo excluirán a uno del Reino de Dios. Para Pablo, los que recibieron a Cristo experimentarían una resurrección después de la muerte. Los pecadores y todos aquellos que rechazaron a Cristo simplemente dejarán de existir y no heredarán el Reino de los Cielos[3][4]. "Envíar a los pecadores a un Infierno" no entra en la teología de Pablo.

La primera referencia que tenemos sobre la idea del Infierno en la Biblia se encuentra en el Evangelio de Marcos, escrito hacia el año 70 EC. Está claro que, al menos por el momento que Marcos escribe (si en realidad fue él) su Evangelio, el Infierno se entiende como un lugar literal para el castigo por pecadores. Y la versión de Marcos del Infierno incluye algunos detalles muy específicos: El alma sin arrepentimiento no sólo es torturada por el fuego, sino también devorada por los gusanos.

Lucas se refiere al Infierno en la parábola del hombre rico y el mendigo[5]. Lucas condena las acciones del hombre rico, no porque le faltara la fe en Cristo (también preocupaciones centrales tanto en Pablo como en Marcos), sino debido a que no pudo ayudar al pobre Lázaro.

El destierro del hombre rico al Hades, el nombre dado para el inframundo griego, y su capacidad de ver al pobre cómodamente situado en el cielo, nos recuerda la afirmación de Santo Tomás de Aquino que a quienes moran en el cielo se le concede una vista de pájaro de la almas miserables que languidecen en el Infierno. Es casi como si esta ventana celestial fuera una recompensa -un beneficio extra- para el selecto salvado. Esta imagen de los justos mirando con desaprobación o temor a sus hermanos desafortunados que sufren en el pozo en llamas es un elemento común en la mayoría de las representaciones artísticas del Infierno. La única mención del Infierno por parte de Lucas sigue siendo la representación más concreta de la experiencia después de la muerte en el Nuevo Testamento. Curiosamente, quien está ausente en su descripción del Infierno es Satanás. Lucas no menciona al guardián y temido residente del Infierno.

Sin embargo, Mateo (que escribió su Evangelio en aproximadamente 90 EC), enciende las llamas debajo de la olla. No sólo Mateo incluye una versión de la historia Infernal de Marcos, sino que también incluye otras referencias al Infierno[6][7]. Jesús, en Mateo, hace una clara distinción entre los justos, que serán salvados, y los malhechores, que se remitirán al Infierno. Ni siquiera los llamados hombres religiosos pueden escapar de la ira venidera, como cuando Jesús advierte a los fariseos: "¡Serpientes, generación de víboras! ¿Cómo escaparán de la condenación del Infierno? [Gehenna]?"[8].

Mateo describe el Infierno como un lugar tanto de aniquilación como de tortura. El crujir de dientes, el llanto y tormento físico son actividades persistentes en su versión del Infierno. Mateo también deja en claro que es el Hijo del Hombre quien separa a los justos de los injustos antes de asignar los premios correspondientes (el cielo) o castigos (Infierno) (Gehenna).

Aparte del hecho de que Mateo menciona más veces el Infierno que los otros escritores de los Evangelios, la contribución de Mateo a la investigación global de Satanás arroja otro detalle importante. En las referencias anteriores al Infierno, Satanás (o el diablo) nunca fue mencionado. El Infierno es un lugar de tormento para los pecadores, pero no se había identificado con Satanás en forma alguna. Mateo deja claro que Satanás y sus secuaces están efectivamente destinados al Infierno, no para regir en ese lugar, si no para sufrir.

No sería prudente sacar demasiadas conclusiones de este puñado de referencias al Infierno en las epístolas de Pablo y los Evangelios. Se puede, sin embargo, decir lo siguiente: el Infierno no era un elemento central en la literatura cristiana más antigua; de hecho, el Evangelio de Juan no menciona el Infierno en absoluto.

El Apocalipsis

Como con el desarrollo del mito de Satanás, la exposición más completa del Infierno se encuentra en el último libro de la Biblia, el Apocalipsis. Se puede explorar el libro de Apocalipsis con cierto detalle en el capítulo 6 -con un ojo especial para el desarrollo de Satanás.

Más que cualquier otro libro en la Biblia, el Apocalipsis contribuye más a nuestra comprensión moderna del Infierno como un lugar de fuego, de condenación y, por supuesto, lugar donde habita Satanás.

En el Apocalipsis, vemos ecos de las "categorías de pecadores" de Pablo que sufrirán la muerte, una idea que capturará la imaginación de los dos poetas medievales, Dante Alighieri y John Milton, cuyos mapas geográficos del Infierno, en sus respectivas obras maestras, La Divina Comedia y El Paraíso Perdido, se convertirán en el modelo para nuestra concepción occidental de la morada del Príncipe de la Tinieblas.

El Apocalipsis también da testimonio de la versión que Mateo tiene del Infierno, en el que un juicio se llevará a cabo y a cada individuo se le asigna a un destino después de la muerte en particular[9][10][11].

En una escena, aún más preocupante, los cristianos infieles que se inclinaron ante el emperador romano son señalados para sufrir un castigo especial que consiste en la tortura constante. Por otra parte, recordando los "ojos que miran desde el cielo" que se señaló antes, este póstumo festival de tortura será presenciado por nada menos que Cristo (el Cordero) y los ángeles.

Estas terribles y duraderas imágenes del Infierno perseguirán a los cristianos temerosos de Dios durante siglos y se convertirán en el eje de innumerables sermones de fuego y azufre, diseñados para mantener a los fieles bien alineados. Fuera del canon, en la literatura cristiana primitiva, el Infierno asumiría aún más la definición como la imaginación apocalíptica de nuevos mundos de pesadilla.

Los primeros siglos de la Era Común dieron nacimiento a una amplia gama de "apocalipsis", incluyendo el Apocalipsis de Pedro, el Apocalipsis de Pablo, y el Apocalipsis de la Virgen, cada una con una visita guiada por el Infierno. En estos cuentos, demasiado numerosos para describirlos en un espacio tan pequeño, el Infierno se vuelve aún más aterrador. Pero son las obras de Dante y Milton las que más contribuyeron a nuestra comprensión moderna del Infierno, sobre todo los aspectos físicos del terrible lugar, que incluyen a los pecadores que allí sufren.

Referencias y ligas externas

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