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Laicismo

El laicismo es la corriente de pensamiento, ideología, movimiento político, legislación o política de gobierno que defiende o favorece la existencia de una sociedad organizada de forma independiente o ajena a las confesiones religiosas. Su ejemplo más representativo es el "Estado laico" o "no confesional". El término laico (del griego λαϊκός, laikós - "alguien del pueblo", de la raíz λαός, laós - "pueblo") aparece primeramente en un contexto cristiano.

La moral del laicismo

La defensa de un código moral propio es uno de los aspectos más relevantes de la religión y, desde luego, el de mayor trascendencia para muchas personas. Se puede asumir que la religión no supone una fuente veraz de conocimiento; de hecho, pocas personas, aún siendo cristianas pueden aceptar la explicación de los fenómenos naturales que se indican en la Biblia y ni siquiera muchos de los milagros o misterios. Incluso cuando la religión contradice a la ciencia, ni siquiera los creyentes dudan de la veracidad del conocimiento científico. Se puede hasta censurar ciertos comportamientos individuales de clérigos o deficiencias de la propia institución pero, en lo que se refiere a cuestiones morales, la religión establece unos criterios que la jerarquía eclesiástica se encarga de presentar como si fueran superiores a los del pensamiento laico. Y ésta es, sin duda, una asunción falsa e injustificada.

Las principales religiones defienden que su código moral se basa en los libros doctrinales, así como en la tradición que emana de dichos escritos. El hecho de que los criterios éticos de la religión se fundamenten en textos elaborados hace miles de años es poco menos que estrambótico, habida cuenta de las condiciones tan extraordinariamente diferentes que presentan las sociedades de hace varios milenios, si las comparamos con el actual siglo XXI. La ética se origina en un contexto socio-histórico y depende tanto de las estructuras sociales actuales, como del funcionamiento de las mismas y de su propio devenir histórico. Nada es igual en lo que se refiere a los derechos humanos universales desde la Revolución Francesa o desde la Carta de las Naciones Unidas. Los criterios morales cambian, evolucionan en función de las organizaciones sociales a las que sirven y eso es tan evidente, que incluso causa turbación explicitarlo. Una vez asumido esto, es de suponer que pocas personas preferirán vivir en una sociedad organizada mediante estructuras medievales, precolombinas o babilónicas (que son origen de algunas de las religiones) que en Estados democráticos y de Derecho.

En la actualidad, la sociología, antropología o la psicología social han abordado el tema de los valores, que es uno de los puntales de la moral, desde diferentes perspectivas, pero de una forma que han enriquecido y ampliado el conocimiento de estos conceptos. Los valores son principios unificadores explicativos de la conducta, que no pueden entenderse ajenos al contexto y a las condiciones ambientales en las que se han generado y en las que se desarrollan. Procuran un marco de conocimiento que permite tanto entender el mundo, como reorientar en cierta medida el comportamiento.

La ciencia, de nuevo, aporta un conocimiento mucho más ajustado a la realidad y exigencia del ser humano que la religión, también en este campo de la moral. Desde que el tema de los valores es estudiado de una forma científica (y existe numerosa investigación al respecto tanto en psicología social, como en ética, antropología cultural o sociología) entendemos por qué son tan relevantes determinados principios morales, en ciertas sociedades en contextos históricos, sociales, económicos o políticos concretos.

Hay clarísimos ejemplos de valores que han adquirido recientemente en nuestra sociedad una relevancia notable. La defensa del medio ambiente o la igualdad de derechos entre mujeres y varones son ejemplos de lo que estamos comentando. En el primer caso, el interés por preservar el medio natural ha sido debido, tanto al conocimiento científico sobre el impacto negativo de las acciones del hombre sobre la Naturaleza, como a la evidencia (también científica) de las graves consecuencias económicas que dicha repercusión puede llegar a tener, ya que el beneficio económico también es uno de los principales valores de nuestra sociedad. Pero el ecologismo como principio rector del comportamiento ya estaba en cierta medida presente en otras sociedades, como las de los indios norteamericanos, debido a la congruencia de su estilo de vida con las condiciones naturales.

Respecto a la igualdad de derechos entre mujeres y hombres, se trata de un valor muy reciente en la historia y que todavía está lejos de cumplirse en muchas sociedades, culturas y religiones actuales, donde el sexismo es un valor que privilegia a unas personas sobre otras por razones exclusivamente genéticas y que incluso es uno de los pilares en los que se sostiene en el poder político. El propio franquismo, en nuestra lamentable historia reciente, se basaba en buena medida en el sexismo para mantener la estructura social que le permitía continuar en el poder. Por no decir de los actuales regímenes basados en la religión musulmana así como en la estructura de la Iglesia católica.

El ser humano es capaz de gobernarse por principios éticos y hacerlo sin supeditarse (ni siquiera teniendo como referente) a ningún dios. Es un error el asumir que la ciencia no trata de cuestiones morales y que deba retirarse para que sea la religión la que los aborde (lo cual a veces es bastante peligroso, dicho sea de paso). Dentro de la psicología, una de las áreas más relevantes en la actualidad es la Psicología de la Emoción que, entre otros temas, aborda el análisis de las denominadas emociones morales: vergüenza, culpa, empatía, compasión y un largo etcétera que explican cuáles son los principios que gobiernan la conducta moral.

Por poner solamente un ejemplo, los seres humanos tenemos la capacidad de ayudar a los demás y probablemente el altruismo haya sido más importante para la supervivencia y el desarrollo de nuestra especie que la agresión, que es la que prima en otras especies como mecanismo adaptativo. Siendo, como somos, un animal físicamente débil, lento y sin poderosas armas naturales para defendernos o atacar, la solución para no ser depredado pasó por la de convertirnos en un animal social.

El grupo permitió disponer de un ambiente protegido para la larga infancia del Homo sapiens y la ayuda que se dispensaban los miembros del clan compensaría las deficiencias físicas de los individuos. En definitiva, la conducta de ayuda favoreció el desarrollo de nuestra propia especie pero, al mismo tiempo, la capacidad para regirse mediante principios morales, como el de justicia o reciprocidad, permitió el que apareciera el propio altruismo. El ser humano, por naturaleza, tiende a gobernarse por principios morales y ello es un mecanismo evolutivo necesario para la adaptación.

Además, la ciencia ha permitido conocer cuáles son las condiciones que favorecen el que las personas se comporten de manera altruista con los demás o, por el contrario, desprecien o agredan al prójimo, de manera que el establecimiento de un código de conducta moral se puede elaborar mucho más apropiadamente desde el conocimiento que nos aporta la ciencia que a partir de cualquier ideología religiosa. La evidencia de que somos capaces de ser buenos sin ningún dios también se pone de manifiesto mediante las investigaciones con dilemas morales, en las que se demuestra que, con independencia de la religión, los seres humanos poseen conciencia de lo que está bien y lo que está mal. Las investigaciones al respecto consisten en plantear situaciones comprometidas que exigen tomar decisiones que pueden perjudicar a otras personas. En estos casos la mayoría solemos tomar decisiones parecidas, generalmente minimizando los perjuicios, no agrediendo de forma gratuita, etcétera.

Es decir, gobernándonos mediante principios morales tales como igualdad, justicia o reciprocidad. Lo interesante de estas investigaciones es que ciertos principios morales prevalecen sobre otros (hemos comentado anteriormente el que los valores están dispuestos jerárquicamente) y que no hay diferencias entre ateos y creyentes a la hora de realizar dichos juicios. Por ello, nos permitimos discrepar de uno de los más ilustres divulgadores científicos, al tiempo que el más relevante teórico evolucionista desde Darwin, cuando afirmaba que la ciencia y la religión tienen dos magisterios diferentes y que no deben inmiscuirse, sino respetarse, asumiendo que el magisterio de la ciencia es la realidad, mientras que el de la religión es la moral. Como hemos descrito anteriormente, la ciencia no se caracteriza tanto por el objeto de estudio, sino por el método que utiliza. En este caso, la ciencia también ha abordado el estudio de la moral desde diferentes disciplinas y ello nos ha permitido que en la actualidad dispongamos de un conocimiento mucho más preciso de la ética y la moral. En este tema, como en el de tantos otros que antaño fueron patrimonio exclusivo de la religión, cuando la ciencia avanza, la religión debe dar un paso atrás.

Respecto a cómo se adquieren los principios morales, dos son las principales orientaciones teóricas que explican el desarrollo moral en el ser humano. Lawrence Kohlberg, discípulo intelectual de Jean Piaget, concibe el desarrollo moral como la elaboración de juicios universales sobre lo que es bueno y lo que es malo a lo largo de un proceso evolutivo.

Según Kohlberg, el razonamiento moral atraviesa seis etapas sucesivas representadas en tres grandes niveles (preconvencional, convencional y postconvencional) en cada uno de los cuales habría a su vez dos estadios. A través de las sucesivas fases se va adquiriendo un desarrollo cada vez más elevado de los principios morales más importantes, de entre todos los cuales destaca, como fundamental, el principio de justicia. Cada uno de estos estadios se caracterizaría por criterios cualitativamente diferentes acerca de lo que está bien y de lo que está mal, así como de una serie de razones distintas que justifican la conducta. Según este modelo, el desarrollo moral depende del desarrollo cognoscitivo, que es necesario también para adquirir una perspectiva social o habilidad para ver las cosas desde el punto de vista del otro. Si esto es así, se hace absolutamente necesario fomentar las condiciones educativas y sociales que favorezcan un desarrollo mental que sea capaz de entender y asimilar los valores preferibles en nuestra sociedad democrática.

Complementando este punto de vista está la teoría del Aprendizaje Social, representada por Albert Bandura, uno de los psicólogos de mayor influencia en las últimas décadas por sus trabajos sobre los efectos de la observación de la violencia y las características del aprendizaje vicario, mediante modelos. El desarrollo moral se adquiere mediante el aprendizaje de las conductas que son aceptadas socialmente, así como la internalización, por dicha experiencia, de los valores y normas que priman en el contexto social en el que se vive. Sus postulados teóricos, así como la internalización, por dicha experiencia, de los valores y normas que priman en el contexto social en el que se vive. Sus postulados teóricos, así como la evidencia empírica de muchas de sus investigaciones, son fundamentales a la hora de establecer programas educativos en valores, tan necesarios para formar ciudadanos que tiendan a la justicia y la libertad.

Ambos modelos teóricos, que en ocasiones se han presentado como enfrentados, en realidad son complementarios: el del desarrollo moral nos indica las fases evolutivas desde el egocentrismo hasta la adquisición del valor de justicia y los procesos mentales que están a la base de dicho progreso, mientras que el modelo del aprendizaje social explica cuáles son los principios éticos que prevalecen socialmente, así como la forma que tenemos de adquirirlos mediante los procesos de psicología del aprendizaje.

La ciencia, en su progresivo proceso de descubrimiento y acumulación del saber, va transmitiendo a la sociedad conocimientos que lenta, pero inexorablemente, se van incorporando a su sistema de valores. Ya hemos visto que la acumulación progresiva de saber es una característica esencial de la ciencia y un objetivo que la religión nunca podrá conseguir. La ciencia ha demostrado que todos los seres humanos somos de la misma especie y que no existen diferencias entre grupos étnicos en lo que se refiere a características típicamente humanas. No hay ningún “pueblo elegido”, como tampoco la mujer es inferior al varón en ninguno de los atributos esencialmente humanos. Ha desarrollado tratamientos médicos que ayudan en el proceso de curación y ha demostrado su eficacia en el aprovechamiento de los recursos naturales, así como la destrucción de la que puede ser capaz el ser humano si utiliza despiadadamente la tecnología. Además de la acumulación de dichos conocimientos, la experiencia adquirida es fundamental para el desarrollo de valores igualitarios, no sexistas ni xenófobos, tolerantes, humanitarios o ecológicos.

El acopio del saber, añadido a la evolución histórica y social tiene como consecuencia el que actualmente dispongamos de unos referentes éticos laicos superiores a los de hace miles de años, momento en el cual hicieron su aparición las grandes religiones, las cuales todavía mantienen sus principios morales ancestrales. Contamos con la Declaración Universal de los Derechos Humanos o la Declaración de los Derechos del Niño, que son incomparablemente más avanzadas, justas y buenas que los criterios morales de cualquier religión, que entre otros aspectos se caracterizan por su agresividad (“ojo por ojo”) o misoginia. El hecho de que todavía falte mucho para que los pueblos de la Tierra cumplan con lo que aparece en dichas declaraciones no quita mérito a sus preceptos sino que, muy al contrario, evidencia el camino que nos queda por recorrer para llegar a tener una comunidad de seres humanos equitativa y justa. La Humanidad ha sabido dotarse de unos referentes éticos basados en valores como la justicia, igualdad, fraternidad o libertad, que son superiores a los de cualquier religión, cuyo mandato supremo es el de adorar a Dios, tal y como aparece en los mandamientos cristianos o judíos y en las suras coránicas. Es por ello que cuando los clérigos profieren frases como la de que “la ética sin Dios no preserva los derechos del hombre”, como llegó a decir el arzobispo de Madrid, Rouco Varela, no sólo son falsas, sino singularmente alevosas. Falsas, porque es evidente que hemos organizado declaraciones de derechos universales mucho más avanzadas, justas y buenas que cualquiera de los preceptos de cualquier religión, y ello sin necesidad de tener como referente a ninguna divinidad, con la inevitable ambigüedad que ello comporta (¿qué quiere decir “amar a Dios sobre todas las cosas”? ¿en qué preceptos se define?).

En las diferentes declaraciones de derechos humanos y civiles emitidas desde la de la Revolución Francesa se indican expresamente algo a lo que ninguna de las religiones monoteístas accedería, que es el respeto al derecho de cualquier persona a creer o dejar de creer, en cuestiones religiosas o trascendentes, sin que con ello se conculquen derechos ni se prejuzgue moralmente. Y alevosas, porque lo que se encuentra a la base de este tipo de declaraciones es el intento de las jerarquías eclesiásticas para arrogarse la potestad de dictar (como dictadores) normas de conducta como mecanismo de ejercicio del poder.

Es posible avanzar más en nuestro razonamiento y concluir que no es que el hombre necesite a Dios para llevar a cabo acciones justas, ni que haya bondad en el mundo porque existe Dios. Más bien al contrario, Dios existe como producto de la conciencia moral del ser humano, probablemente como necesidad para superar condiciones sociales que históricamente han sido injustas para quienes no detentan poder o para los que no se benefician del mismo, sino que lo sufren.

Desde luego que una frase de Albert Einstein, citada por Christopher Hitchens en su indispensable libro Dios no es bueno, refleja muy bien lo que acabamos de afirmar:

“No creo en la inmortalidad del individuo, y considero que la ética es una preocupación exclusivamente humana que no está respaldada por ninguna autoridad sobrehumana[1]

Así pues, los criterios morales laicos que disponemos en la actualidad no son, en modo alguno, inferiores a los de las religiones. Más bien al contrario, son mucho más avanzados y humanos. En ellos se habla de paz, justicia, libertad o igualdad entre todas las personas. Y a pesar de que todavía queda mucho recorrido hasta que algún día se cumplan en su totalidad, no es menos cierto que ello también ha ocurrido con los mandamientos más beneficiosos para el ser humano, como aquél de “No matarás” o “No codiciarás los bienes ajenos”, mandatos que muchas veces la propia Iglesia ni cumple, ni respeta.

En los párrafos anteriores se ha intentado evidenciar cómo la moral del laicismo es superior a la que proporciona cualquier religión, principalmente porque se basa en el conocimiento científico del ser humano y porque fundamenta los más recientes avances sociales y en derechos humanos. Es gracias al código ético del laicismo por lo que las sociedades democráticas no sólo se encuentren en su estadio tecnológicamente más avanzado, sino también en un nivel ético superior al de siglos anteriores. Las religiones siguen constreñidas en sus preceptos morales antiguos, muchos de los cuales son inaceptables actualmente. Algunos de los acontecimientos más significativos de la “historia sagrada” en la actualidad serían punibles en cualquier código penal de un Estado de Derecho.

Fernando Savater expresa de una forma pedagógicamente impecable la defensa del laicismo en cinco tesis en las sociedades democráticas y, muy especialmente, en España, en un momento en el que la jerarquía católica, envalentonada por los apoyos de ciertos sectores sociales y políticos arremete contra este valor esencial, fundamento de libertad y tolerancia. Savater argumenta que:

1) las democracias basan su organización en leyes discutibles (y revocables) que, entre otras, defienden el derecho a tener creencias religiosas; 2) que dichas creencias son derechos individuales, pero no obligaciones para el resto de la colectividad; 3) que las religiones pueden decir a sus fieles lo que consideran como pecado, pero en absoluto están facultadas para decir lo que es legal o ilegal; 4) que el currículo de la escuela pública se debe basar en contenidos verificables o válidos para todos y ahí no cabe la enseñanza catequística, que debería quedar fuera de la escuela y 5) que las señas de identidad de la sociedad europea no se reducen al cristianismo y que, por lo tanto, deben evitarse dichas alusiones en los textos legales.

De esta manera, cuando algunos cargos de la Conferencia Episcopal Española critican “la oleada de laicismo” imperante en nuestra sociedad, para algunos de nosotros lo que nos indica es que, caso de que sea cierto, vamos por buen camino[2].

Referencias y ligas externas

  1. Hitchens, Christopher. Dios no es bueno. (2008) 1a. Ed. ISBN 978-84-8306-765-9
  2. Laicismo: cinco tesis Por Fernando Savater

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