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La Trinidad es el dogma central sobre la naturaleza de Dios en la mayoría de las iglesias cristianas. También se le conoce como el misterio de la Santísima Trinidad.

Esta creencia afirma que el Dios judeocristiano es un ser que existe como tres personas distintas (trino) o hipóstasis: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Aunque Alá es el mismo dios, el Corán no menciona que sea trino.

La investigación histórica aporta un resultado curioso: la palabra griega trias aparece por primera vez en el siglo II (en el apologista Teófilo), el término latino trinitas, en el siglo III (en el africano Tertuliano), la doctrina clásica trinitaria de "una naturaleza divina en tres personas" no antes de finales del siglo IV (formulada por los tres padres capadocios Basilio, Gregorio Nacianceno y Gregorio de Nisa).

La festividad de la Trinidad —que tuvo su origen en Galia y que en un principio fue rechazada por Roma— no fue obligatoria hasta 1334. En el Nuevo Testamento se habla siempre de Padre, Hijo y Espíritu. Pero la totalidad de la cuestión es saber cómo están relacionados entre sí esos tres personajes. Y, curiosamente, en todo el Nuevo Testamento no hay un solo pasaje donde se diga que Padre, Hijo y Espíritu son "de la misma esencia", o sea, que poseen una sola naturaleza común (pbysis, sustancia). Padre, Hijo y Espíritu Santo son tres magnitudes que no aparecen meramente identificadas, de modo esquemático-ontológico, a una naturaleza divina.[1]

Ni Jesús, ni los apóstoles ni la Iglesia cristiana de los primeros siglos tuvieron la más mínima idea de que Dios fuese trino; cosa normal, por lo demás, ya que ninguno de ellos vivió los siglos suficientes como para poder asistir a las calenturientas deliberaciones de los concilios en los que se fabricó el dogma trinitario.

Según el Catecismo católico vigente, la Trinidad es una. No confesamos tres dioses sino un solo Dios en tres personas: "la Trinidad consustancial". Las personas divinas no se reparten en la única divinidad, sino que cada una de ellas es enteramente Dios: El Padre es lo mismo que es el Hijo, el Hijo es lo mismo que es el Padre, el Padre y el Hijo lo mismo que el Espíritu Santo, es decir, un solo Dios por naturaleza.

La doctrina católica aún vigente, por tanto, mantiene que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son tres personas que comparten la misma sustancia (ousia) y la misma energía (energeia), pero antes los defensores de esta tesis tuvieron que luchar violentamente contra quienes mantenían posiciones teológicas contrarias. El problema fundamental, que era establecer el tipo de jerarquía que definía las relaciones entre las tres personas, tuvo enfoques muy diversos; así, por ejemplo, el subordinacionismo postuló que Cristo era inferior al Padre; el pneumatomaquismo que el Espíritu Santo era inferior al Padre y al Hijo; el modalismo que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo eran una sola persona con tres nombres distintos; el patripasianismo que, dado que Cristo era Dios, el Padre también había sufrido y muerto en la cruz con él, etc.

En el concilio de Nicea (325) se presentaron más de veinte evangelios que sugerían planteos trinitarios, pero todos fueron declarados falsos excepto el de Juan. La mayoría de obispos votó en favor de la doctrina de la Trinidad, pero otros muchos se opusieron a ese escándalo y en el concilio de Antioquía (341) la inspiración divina se rectificó a sí misma y negó lo proclamado en Nicea, aunque luego otro concilio mantuvo lo contrario y así sucesivamente hasta que se impuso el dogma actual.

La Trinidad es definida por los teólogos como el misterio fundamental de la fe cristiana y es presentada como ejemplo del verdadero misterio en su forma absoluta, es decir, de una verdad de la que el hombre no puede tener certeza sin la fe en una revelación divina y cuyo contenido él no puede comprender directamente, sino sólo indirectamente mediante un procedimiento analógico, pero lo que resulta altamente misterioso y, sobre todo, revelador, es que el testimonio principal de la triple personalidad de Dios sea un solo versículo, el 28,19 del absolutamente sospechoso, fantasioso y manipulado Evangelio de Mateo.

Cuando en Mateo se hizo aparecer al Jesús resucitado en Galilea —pasaje que también figura en Marcos 16:15-18, aunque relatado en unas circunstancias y con un mensaje absolutamente diferentes—, se le hizo decir: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra; id, pues; enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mateo 28,19). Resulta obvio que se menciona a tres personas diferentes, pero también salta a la vista que no hay el menor indicio de que puedan ser la expresión de una sola, ni de cómo se relacionan entre sí, ¿dónde está, pues, la Trinidad del dogma católico?

En cualquier caso, y suponiendo que se trate de tres dioses, lo único que dice la frase de Mateo es que se debe bautizar en nombre de esas tres divinidades, una afirmación absurda ya que sería terriblemente blasfema en labios de un judío monoteísta como Jesús. Por otra parte, ¿cómo es posible que una revelación tan fundamental no tuviese más cabida en los sinópticos que este escueto versículo de Mateo? ¿Es razonable pensar que la inspiración de Dios le negase tamaña revelación a Marcos, que escribió su evangelio según los recuerdos de Pedro, nada menos?

El quid del misterio no es difícil de desentrañar, puesto que, a juzgar por su estructura y naturaleza, resulta obvio que el texto de marras fue un añadido posterior; la mayoría de los especialistas independientes sostienen que el evangelio de Mateo original termina en Mt 28,15 y que los cinco versículos que conforman su capitulo final son una interpolación.

Cabe preguntarse, por ejemplo, la razón por la que la base trinitaria se añadió a Mateo, pero no a Marcos o Lucas, y respuesta es una mera cuestión de geografía y de mitos locales, veamos: el texto de Mateo —año 90— se escribió (y se reelaboró con posterioridad) en Egipto, zona influenciada por la misma cultura oriental en la que, no por casualidad, vivieron los artífices del dogma trinitario —Teófilo, Tertuliano, Basilio, Gregorio de Nisa (hermano de Basilio) y el compañero de ambos Gregorio de Nacianzo—, pero, en cambio, los evangelios de Marcos —año 75-80— y Lucas —final siglo I— se redactaron en Italia, dominada por un impulso cultural occidental diferente y una mentalidad religiosa menos florida que la oriental (ya mencionamos que la fiesta de la Trinidad fue rechazada por Roma hasta el siglo XIV). Las sociedades orientales eran ricas en antiguas tradiciones religiosas trinitarias y el cristianismo, como ya hemos visto, elaboró buena parte de sus mitos fundamentales en sus Iglesias de Oriente.

Si repasamos la historia de las religiones precristianas veremos que en casi todas ellas era absolutamente corriente la idea de la trinidad divina. Los panteones trinitarios fueron ya una de las características de la religión del Antiguo Egipto desde unos tres mil años antes de la aparición del cristianismo, así, el sistema cosmogónico menfita se componía de la tríada Pta (creador de dioses y hombres), Sejmet (esposa) y Nefertem (hijo); la tríada tebana, de Amón, Mut (esposa, diosa del cielo) y Jonsu (hijo); la tríada osiríaca de Osiris, Isis (esposa) y Horus (hijo); contando también con otras trinidades menos influyentes como Knef, Fre y Ftah, o Jnum, Anukis y Satis, etc.

El antiguo dios egipcio Amón, por ejemplo, era venerado bajo el aspecto de Nouf (Noum o Chnoufis, en griego), que personificaba su poder generador in actu, y como Knef (o Chnoumis), personificación del mismo poder inpotentia. En ambos casos era representado como un dios con cabeza de carnero, y si como Knef simbolizaba el Espíritu de Dios (equivalente en alguna medida al Espíritu Santo cristiano) con la ideación creadora que incuba en él, como Nouf era el ángel que entraba en la carne de la Virgen para nacer como divinidad. En un antiquísimo papiro egipcio —traducido por el egiptólogo Chabas— se encuentra una plegaria que resulta todo un adelanto ideológico del modelo de Trinidad cristiana que lo imitará muchos siglos después: «¡Oh Sepui, Causa de existencia, que has formado tu propio cuerpo! ¡Oh Señor único, procedente de Noum! ¡Oh sustancia divina, creada de ti mismo! ¡Oh Dios, que has hecho la sustancia que está en él! ¡Oh Dios, que has hecho a su propio padre y fecundado a su propia madre!»

Los babilonios y caldeos (c. 2100 a.C.) veneraban los cuatro grandes dioses o Arbail, formados por tres divinidades masculinas y una femenina que era virgen, aunque reproductora. Esta primitiva trinidad estaba integrada por Bel («Señor del Mundo», Padre de los dioses, Creador), Hea (forjador del Destino, Señor del Abismo, Dios de la Sabiduría y del Conocimiento) y Anu («Rey de Angeles y Espíritus", Gobernador de los cielos y la tierra). La esposa de Bel, o su aspecto femenino era Belat o Beltis («Madre de los grandes dioses»).

Según la Teogonia de Hesíodo (siglo VIII a.C.), la primitiva trinidad helénica estaba compuesta por Ouranos (Urano), Gaea y Eros. Ouranos, equivalía a Coelus (Cielo), el más antiguo de todos los dioses y el padre de los titanes divinos. Gaea era la Materia primordial, la Tierra, la esposa de Ouranos (el firmamento o cielo). Eros era el dios que personificaba la fuerza procreadora de la Naturaleza en su sentido abstracto, el impulsor de la creación y la procreación.

La Trimurti o trinidad hindú está compuesta por Brahmá, Vishnú y Shiva; y la sílaba más sagrada del hinduismo AUM — la A y U se combinan para formar una O, por lo que también se la conoce como OM — , es el emblema de la Divinidad o más bien de la Trinidad en la Unidad, ya que representa a Brahma, el Ser supremo, en su triple condición de Creador (Brahma, A), Conservador (Vishnú, U) y Renovador (Shiva, M). Una tríada más antigua, de origen persa, fue la de Varuna, Indra y Naatya.

Se podrían seguir referenciando otras muchas trinidades divinas paganas, pero lo sustancial del hecho de su cotidianeidad precristiana es que, al igual que sucedió cuando hubo que conformar los atributos míticos de Jesucristo, el poso cultural que habían dejado más de dos milenios de creencias trinitarias influyó decisivamente a la hora de construir un misterio central para la entonces aún joven religión cristiana.

Cuando la idea del dogma trinitario, desconocido como tal para los cristianos de los primeros siglos, fue ganando terreno y posibilidades, alguien — según era inveterada costumbre en la época — añadió unas pocas líneas al texto egipcio de Mateo; así debió aparecer, con mucha probabilidad, el versículo de Mateo 28,19, pedestal sobre el que aún se sostiene uno de los «misterios escondidos de Dios, que no pueden ser conocidos si no son revelados desde lo alto».

Mientras, en Italia, los documentos de Marcos y Lucas permanecieron a salvo de lo que sin duda fue una modernez teológica oriental, por eso no hay en ellos ni rastro del fundamental misterio de la Trinidad. En el concilio de Nicea —donde se aprobó la consustancialidad de Jesús con Dios— Mateo fue declarado texto auténtico e inspirado, junto al de Marcos y Lucas... y el de Juan.

El Evangelio de Juan había sido escrito, a finales de la primera década del siglo II, por Juan el Anciano, un griego que tuvo la desfachatez de hacer que el Jesús de su evangelio se expresase como si fuese un heleno antijudío, que le hizo identificarse con el Padre (una presunción que horrorizaría al propio Jesús de los sinópticos) y que, en consecuencia, a partir de algunas afirmaciones inspiradas y supuestos dichos atribuidos a Jesús, dejó plantada una semilla que ayudaría a decantar la teología posterior hacia planteos progresivamente trinitarios.

El Jesús de Juan se caracteriza por hacer manifestaciones que son obviamente apócrifas, puesto que en los tres evangelios sinópticos —que, a pesar de todo, estaban más próximos al nazareno en tiempo y vivencias históricas— se le muestra con una personalidad y un mensaje diametralmente opuesto al que tiene en este texto. Así, en el cuarto evangelio se afirma sin ambages que Jesús es el «Hijo de Dios» o «Verbo encarnado» (Juan 1,14-18; 3,16), se le hace asumir mediante sus propias palabras la consustancialidad con Dios (Juan 10,30) y la continuidad de su obra por parte del Espíritu Santo (Juan 14,26), etc. El Jesús del Evangelio de Juan es, sin lugar a dudas, infinitamente más místico, hermoso y complejo como elaboración milico-religiosa— que el de los otros tres evangelios, pero también es infinitamente menos histórico o, lo que es lo mismo, resulta infinitamente más falso.

No será ninguna sorpresa si se recuerda que Juan el Anciano vivió y escribió su Evangelio en Asia Menor. La Santísima Trinidad, sin duda alguna, fue un misterio que llegó de Oriente.[2]

Referencias y ligas externas

  1. Küng, H. (1994). Credo. Madrid: Trotta, p. 15.
  2. Rodriguez, Pepe. Mentiras fundamentales de la Iglesia católica. 1ª Edición. 2011. Ediciones B. (Barcelona) ISBN: 978-84-666-4566-9
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