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Tarot
Adivinacion


El tarot es una baraja de naipes a menudo utilizada como medio de consulta e interpretación de hechos (presentes, pasados o futuros), sueños, percepciones o estados emocionales.[1]

Por mucho que algunos se empeñen en retrasar hasta tiempos inmemoriales los orígenes del tarot, hay un límite que nunca se debería sobrepasar: el siglo I. Fue entonces cuando, al parecer, un funcionario del emperador chino Ho Ti inventó el papel a partir de una pasta vegetal mezclada con fibras de bambú. Aunque pronto se convirtió en un aliado del ingente aparato administrativo chino, el material era aún poco duradero, incapaz —por ejemplo— de servir de base para fabricar naipes. La expansión del nuevo descubrimiento fue lenta. El gobierno mantuvo celosamente el secreto de su fabricación durante cerca de cinco siglos, hasta que la técnica se extendió a Corea y Japón y, a mediados del siglo VIII, al Tíbet y la India.

Tarot Soprafino

Cartas del Tarot Soprafino (1835). Dibujos de Ferdinando Gumppenberg.

Los árabes supieron del invento en Asia Central y contribuyeron a su difusión por todo el arco mediterráneo. El primer documento escrito en papel en el viejo continente —una carta escrita en árabe— está fechada a principios del siglo IX. El primer molino de papel de Occidente abrió sus puertas hacia el año 1056 en Xàtiva (Valencia), y su propietario era un árabe. Sin embargo, los juegos de cartas todavía no existían. El precio de las barajas habría sido muy alto y su difusión mínima. Por esta razón, es casi imposible que existieran las cartas de tarot, que no son más que la evolución de unos juegos de naipes. Aún falta un poco para que aparezca en Occidente la primera baraja.

Según todos los datos, el origen de los juegos de cartas en Europa data de principios del siglo XIV, aunque su primera aparición tuvo lugar en China y de ahí se expandió por Occidente. También es muy probable que la cartomancia (la supuesta lectura del futuro mediante cartas) se originase en aquel país. Por un lado, en China el papel estaba relativamente extendido entre las clases más altas, ya que servía para imprimir moneda; y por otro, ese dinero se utilizaba como naipes. También se sabe que existían distintos mé todos populares de adivinación u oráculo, el más conocido de los cuales era el I Ching o Libro de las mutaciones que, tal como lo conocemos hoy, data del siglo VIII a. C.(aunque sus orígenes se remontan hasta el 2500 AEC). Esta técnica se basa en 64 figuras conocidas como hexagramas. Cada uno está compuesto por seis líneas: tres continuas que significan sí (o representan el yin) y dos discontinuas que significan no (o yang), combinadas de diversas maneras. Así, utilizando distintos métodos (lanzando monedas o utilizando tablillas con los signos pintados), se obtenía el símbolo que correspondía a una persona y su contrario o mutación (es decir, si la tirada indicaba seis síes, la mutación eran seis noes). A partir de ahí, y teniendo en cuenta que cada signo tenía un significa do concreto, se realizaba la predicción.

Carl Jung fue un gran estudioso del I Ching, al que en más de una ocasión comparó con el tarot. Aunque hay muchos puntos en común entre ambos métodos, también hay importantes diferencias. Son tradiciones que evolucionaron en partes distintas del mundo y, pese a su empleo en la adivinación y su estructura (tirada + lectura), son más los puntos que los separan que los que tienen en común. El I Ching puede leerse también como un libro filosófico, mientras que en el tarot el simbolismo desempeña un papel más básico. En el primer caso, además, cada hexagrama tiene un significado concreto, algo que no ocurre en las barajas de adivinación (más abiertas a la interpretación). Pero aunque el papel y las barajas surgieron en China, y aunque éstas se utilizaron para adivinar el futuro, el tarot no surgió allí; y tampoco existe en el mundo un solo documento conocido que permita afirmar que el tarot pasó por el antiguo Egipto siguiendo los mismos pasos que el papel, como pretenden algunos.

Ciertos estudiosos añaden que, en realidad, los juegos de cartas se iniciaron en Corea o en la India antes que en China. Pero es difícil saberlo; entre otras cosas porque los chinos no tenían una palabra que definiera las cartas en función de los materiales, por lo que es posible que una baraja pudiera designar tanto fichas de marfil como cartas de papel o tablillas de madera. Pero ésta es una polémica que no añade nada a la historia del tarot.

El pseudo pasado egipcio

El papiro egipcio más antiguo que se conoce data del año 3000 AEC. Para su fabricación se utilizaba una planta llamada precisamente papiro, abundante en el Nilo. Aunque mucha gente lo considera el antecedente del papel, lo cierto es que es un tipo de papel que cayó en desuso dadas sus limitaciones (era muy frágil). Los papiros se enrollaban y hubiese sido imposible fabricar libros con ellos, y mucho menos barajas. El lenguaje pictórico de los jeroglíficos puede recordar remotamente al de las cartas del tarot, pero relacionar este hecho sería tan ridículo como decir que los graffitis nacieron en las cuevas de Altamira.

El resto de la historia no es menos falsa. Para empezar, el famoso Libro de Toth, en el que se supone que se basó el tarot, nunca existió y, de haber existido, sería probablemente un tratado de medicina. Otras fuentes afirman que el famoso libro era en realidad un papiro (del que tampoco se conoce copia alguna), de 10000 o 20000 años de antigüedad, transmitido de generación en generación entre los sacerdotes. Igualmente imposible: los egipcios no descubrieron la escritura hasta el 3100 AEC. El Libro de Toth no es más que una leyenda basada en una alusión a ese dios en el llamado Papiro Westcar (adquirido en 1825 por el aventurero británico Henry Westcar y desde 1866 conservado en museos[2]), un texto escrito entre 1650 y 1550 AEC. que incluye cinco relatos míticos sobre el Imperio Antiguo (2700-2200 AEC.). Aunque el libro no existió, Toth fue un personaje muy importante en la visión del mundo que tenían los egipcios y se codeaba con sus principales dioses.

Otra de las razones del error fue que los primeros estudiosos de las cartas estaban influenciados por doctrinas como el hermetismo, que surgió en Alejandría entre el siglo I AEC. y IV EC. La primera recopilación de esos textos sobre filosofía mística, obra de distintos autores, se produjo a finales del siglo I y se le llamó Hermetica o Corpus Hermeticum. Fueron escritos en Egipto y atribuidos al mítico sabio Hermes Trismegisto, aunque los elaboraran escritores paganos tan influencidos por el pensamiento griego como por el egipcio. En realidad, Hermes no fue más que una traslación de Toth a la cultura griega (ambos fueron inventores de la escritura y portadores de una sabiduría eterna). Curiosamente, los primeros estudiosos del tarot jamás cayeron en ello y nunca entendieron el estrecho vínculo entre ambos mitos. Tampoco parece que el Libro de los muertos pueda ser el origen del tarot. Dicho texto no se recopiló hasta el año 1845 en Alemania, cuando el tarot llevaba años campando a sus anchas por media Europa. Además, ni siquiera se trata de un libro sino de la recopilación de distintos textos funerarios aparecidos en algunas tumbas y compuestos entre el 3000 y el 1640 AEC. No contiene ni pretende contener ninguna sabiduría oculta: son simplemente salmos, oraciones, leyendas... y una apasionante puerta de entrada al mundo de las creencias de una civilización perdida. En otras palabras, no hay ningún dato que avale la hipótesis de que el famoso mazo de naipes se basa en unos conocimientos codificados anteriormente por sacerdotes egipcios.

Por supuesto, tampoco es cierto que los gitanos fueran los en cargados de difundir el tarot por Europa. La historia de esta etnia todavía encierra muchos misterios. Su llegada al viejo continente se produjo a finales del siglo XIV, y a principios del XVI ya se ha bían extendido hasta Escocia. Se creía que venían de Egipto —al parecer, ellos mismos contribuyeron al error—, por lo que en España se les llamaba egiptianos y en Inglaterra egyptians. Con el paso del tiempo estas hipótesis han quedado descartadas. Se cree que pueden ser originarios del Punjab, una zona limítrofe entre la India y Pakistán, y que hacia el siglo XI iniciaron su trashumancia hacia Occidente. Aunque es cierto que también se asentaron en distintos puntos del norte de África por las mismas fechas, las barajas de cartas ya se conocían en Europa desde hacía varios siglos. Es difícil saber si utilizaban cartomancia (aunque existen documentos que las relacionan con el uso de la adivinación), pero sobre lo que no hay duda alguna es que los gitanos no conocían el tarot y que no tuvieron nada que ver con su aparición. Así cae por tierra la hipótesis de que fueron ellos los encargados de traerlo desde Egipto hasta Europa.

De la baraja al tarot Como se vio anteriormente, los juegos de cartas se extendieron desde China hacia India y la antigua Persia y su primer contacto con Occidente tuvo lugar, probablemente, entre la séptima y octava cruzada (en la segunda mitad del siglo XIII), cuando los ejércitos mamelucos —antiguos esclavos turcos— lograron extender su poder por Egipto, Palestina, Siria y la costa del Mar Rojo. La primera baraja de cartas que se conoce es precisamente la baraja de los mamelucos, en la que aparecen ya los cuatro palos que, más tarde, formarían la española (bastos, oros, copas y espadas). Está fechada en 1350 y apareció, casualmente, en Egipto. Sin embargo, es ridículo pensar que en este momento y lugar los antiguos conocimientos pudieron transformarse en el mítico tarot: los mamelucos eran musulmanes (aunque muy tolerantes en lo religioso) y su credo les prohibía representar figuras humanas. De hecho, las cartas que conocemos como sota, caballo y rey (Gobernador, General y Segundo General) estaban representadas caligráficamente. Si alguien utilizó alguna vez esa u otra baraja para leer el futuro es terreno de especulación. Lo que está claro es que aquello no era un tarot, ya que le faltaba el elemento final que permite separar las barajas de juego de las de adivinación: las cartas de triunfo (o arcanos mayores). En la baraja mameluca existían sólo lo que más tarde se bautizó como los arcanos menores, que incluyen las cartas de corte (las figuras) y otros 40 naipes agrupados en cuatro palos (cimitarras o espadas, bastones, copas y monedas) numerados del 1 al 10.

No es fácil saber cuándo aparecieron por primera vez las cartas en Europa, pero no viajaron en los carromatos de gitanos que llegaban al viejo continente sino que formaban parte del equipaje de los árabes que, por entonces, aún dominaban parte de la Penínsu la Ibérica y comerciaban por todo el Mediterráneo. Además, la fecha de aparición de la baraja mameluca puede inducir a engaño, ya que en 1350 los naipes circulaban alegremente por toda Europa.

En 1367 se dictó en Berna (Suiza) una de las primeras prohibiciones que se conocen sobre su uso (en 1331, Alfonso XI los había proscrito para los miembros de la Orden de la Banda). En 1376 se tomó una medida similar en Lille (Francia) y en 1382 en Barcelona. La lista es más amplia. Si se aprobaron tales medidas en lugares tan distantes y en tan breve plazo, es fácil deducir que su uso estaba muy extendido socialmente y desde hacía tiempo. La baraja de los mamelucos es, simplemente, la más antigua que se conserva, no la primera.

Aunque nadie sabe a ciencia cierta dónde y cómo comenzaron a expandirse las barajas por Europa (¿desde España o Italia?), de lo que no cabe la menor duda es de que el tarot nació en Italia en el siglo XV entre lo más granado de la sociedad. Las cartas eran entonces de dos tipos: las realizadas en serie mediante xilografía y las hechas a mano por artesanos que lo mismo realizaban murales que ilustraban libros. Éstas se encargaban a artistas reputados, y de uno de estos encargos nació el tarot como una evolución de los juegos tradicionales. Algunos estudiosos creen que pudo originarse en Francia, ya que existe una famosa baraja de 1392 conservada incompleta en la Biblioteca Nacional de París y conocida como el tarot de Grigonneur en honor de su autor, quien la realizó por en cargo del rey Carlos VI. La historia es falsa. En realidad, esas cartas datan del siglo XV y proceden de Italia. Existen documentos que demuestran que el tal Grigonneur sí confeccionó una baraja para Carlos VI, aunque no la que se conserva en París.

El tarot nació como un juego. A los cuatro palos tradicionales se les añadió una serie de cartas (22) que funcionaban como un quinto palo, aunque en realidad no lo era. Su principal característica era que tenían una unidad propia pese a no estar agrupadas por un símbolo común. Eran las cartas de triunfo y constituyen lo que hoy se conoce como arcanos mayores. Por tanto, cualquier intento de fechar la existencia del tarot (incluso como juego) antes de la aparición de ese quinto palo es una tarea condenada al fracaso.

A diferencia del resto, son cartas únicas y su orden no era numérico (como en los palos) sino jerárquico. En el tarot de Marsella —uno de los más extendidos en la actualidad—, la primera carta era el Mago, seguida de la Papisa, la Emperadora, el Emperador, el Papa, los Amantes y el Carro. En principio, estas siete primeras cartas remiten al poder temporal en la Tierra. Las siguientes (la Justicia, el Ermitaño, la Rueda de la Fortuna, la Fuerza, el Ahorcado, la Muerte y la Templanza) pueden entenderse como las fuerzas del destino, mientras que las siete últimas (el Diablo, la Torre, la Estrella, la Luna, el Sol, el Juicio y el Mundo) representan las grandes fuerzas de la naturaleza. El conjunto se completaba con el Loco (Il Matto), con características un tanto peculiares (y que sería un quebradero de cabeza cuando el tarot empezara a adquirir su condición ocultista o sobrenatural). Entre los primeros mazos hay diferencias en estos triunfos, tanto en su número como en su puesto, y algunos aparecen en unas barajas y en otras no.

La aparición de los triunfos (o carte da trionfi) fue una simple evolución de juegos ya existentes. Aunque las reglas no eran siempre las mismas, se trataba básicamente de que una persona pusiera una carta sobre la mesa y el resto de jugadores tenía que lanzar otras con el mismo palo o el mismo número. Cuando uno de los participantes no podía seguir, debía lanzar un triunfo, y el resto debía tirar otros con mayor poder. Ganaba el jugador que lanzaba una carta que nadie podía superar. A la hora de contar los puntos, sólo se tenían en cuenta los de las cartas tradicionales (que más tarde se conocerían como arcanos menores). El juego incluía el naipe del Loco, que podía jugarse en cualquier momento y funcionaba como una especie de comodín que permitía al jugador pasar. Recuerda mucho al joker utilizado en otros juegos, pero las dos cartas tienen un origen totalmente independiente. El primero sustituye a cualquier otra carta y tiene en ocasiones un valor decisivo (como en el repóker), mientras que el segundo carece de valor (no sirve para ganar) y sólo exime al que lo juega de echar la carta apropiada (del mismo valor o palo que hay en la mesa). Es importante entender bien qué es el Loco, pues se trata de una de las cartas que mejor reflejan el sinsentido mágico-trascendental que algunos quieren ver en el tarot. De hecho, los triunfos se han numerado siempre con símbolos romanos, mientras que para il Matto se emplea el número 0, de origen árabe.

Hay otro motivo que permite situar el origen del tarot en Italia y tiene que ver con la peculiar estructura de las cartas de corte, en las que, además de la Sota, el Caballo y el Rey, figura una cuarta: la Reina, que no aparece en barajas clásicas de otros lugares. En Milán, en aquella época, existían barajas en las que las cartas de corte eran seis (las tres clásicas más sus contrapartidas femeninas). Es bastante razonable pensar que, por algún motivo, se quedaran en cuatro. Precisamente en Milán, el astrólogo Marziano da Tortosa diseñó hacia 1420 una baraja para el duque Filippo Maria Visconti en que se habían añadido 16 cartas que representaban a otros tantos dioses clásicos, pero que, en lugar de formar un quinto palo, se repartían equitativamente entre los cuatro clásicos. Algunos historiadores defienden que esta baraja pudo ver la luz en 1425 con motivo del nacimiento de la primera hija del duque. Aunque esperaba un hijo que pudiera ser su heredaro, Visconti organizó un desfile (trionfi) que hizo que la baraja se asociase a este nombre y se conociera como carte da trionfi. Con el tiempo, y dado que existían distintos juegos en los que había cartas que funcionaban como triunfos en función de cada partida, el juego pasó a conocerse como tarot (tarocchi).

Hay distintas teorías sobre la etimología de la palabra (por ejemplo, que es una alusión al río Taro, situado en el norte de Italia), pero lo cierto es que nadie ha logrado dar una respuesta satisfactoria. Sobre lo que sí hay acuerdo es sobre que la palabra no surgió hasta un siglo después de la aparición del juego.

Todavía falta mucho tiempo para que el tarot sea lo que es hoy en la cultura popular, pero ya se daban los elementos que convertirán esta baraja en una de las preferidas por los adivinadores de medio mundo. En primer lugar, el elemento simbólico que caracterizaba a los trionfi (que luego se convirtieron en los arcanos mayores), que eran como una traslación al papel de las manifestaciones cívicas que recorrían las calles de las ciudades italianas cuando había algo importante que celebrar (como hizo el duque Visconti con su hija). Su origen se remonta a la antigua Roma, cuando las ciudades salían a las calles para recibir a los generales victoriosos. Así, en tiempos de guerra, primero pasaban los prisioneros, luego los soldados y, finalmente, el general victorioso. En tiempos de paz, desfilaban los gremios, el poder religioso, el militar, los representantes de la nobleza, las autoridades políticas... El ritmo al que avanzaban estos desfiles tiene su traducción en el tarot. Por ejemplo, las primeras siete cartas son una procesión de autoridades terrenales. Tras su paso, desfilan las cartas relativas a las fuerzas de la naturaleza y, por último, las que representan el universo (aunque para ellos se resumiera en el Mundo, la carta más alta). Estas cartas complementan el mundo ordinario representado por los palos tradicionales (las espadas, el ejército; las copas, la Iglesia; los oros, la burguesía; y los bastos —que a veces tenían forma de cetro—, el poder político), coronadas a su vez por varias cartas alusivas a la autoridad real. Nada de esto puede apreciarse, por ejemplo, en la tradicional baraja francesa (de la que deriva la utilizada en el póker), que también apareció en el siglo XV, ni en la suiza o la alemana (que incluían un palo de bellotas), que son anteriores. Por ello no se utilizan para leer el futuro.

La referencia al juego más antigua conocida aparece en una carta del duque Francesco Sforza a su tesorero, fechada en Milán en 1450, en la que le pedía que le enviara una baraja de triunfos y, si no era posible, una normal. Ese mismo año, en Florencia, un edicto incluía las cartas de triunfos como uno de los juegos legalmente autorizados. Las referencias se suceden en años posteriores, e incluso se conserva un sermón en el que se condena el juego junto al backgammon y otros pasatiempos por ser inventos del diablo, pero en ningún caso se le considera algo relacionado con la adivinación. Aunque muchos estudiosos serios del tarot —que defienden el valor cuasi mágico del mazo (por increíble que parezca, los hay)— insisten en que los autores volcaron su creatividad en los arcanos mayores y los llenaron de símbolos esotéricos, la verdad es que nadie debió de pensar entonces que aquello tuviera más valor que el artístico. Lógicamente, las iconografías del Inferno de Dante o de los Trionfi de Petrarca pudieron servir de inspiración, pero sólo porque eran elementos culturales de la época (como también lo era la iconografía cristiana, tan presente en el tarot y de la que tan poco se habla). En otras palabras, los artistas que crearon los primeros tarots no tenían la menor intención de utilizar una simbología oculta, que nadie iba a entender, sino una que fuese fácilmente reconocible por todos. Al principio, los arcanos mayores no estaban numerados y su valor dependía de su jerarquía. Si los participantes hubiesen sido incapaces de reconocer esta jerarquía, habría sido imposible jugar.

Una razón que explica por qué las cartas italianas pudieron convertirse en las más utilizadas en cartomancia es que tenían varios usos. Un juego muy extendido entre las clases altas —en el que se utilizaban cartas, pero que no era un juego de naipes— era distribuir los trionfi entre los asistentes y luego improvisar poesías en las que se asociaba la carta y la persona. A veces se distribuían más de una por persona y el juego consistía en hacer una rima a partir de ellas. Aunque probablemente a ninguno de los participantes se le ocurrió jamás pensar que aquella carta pudiera decir algo real sobre su persona, refleja fielmente la capacidad alegórica de los trionfi. Si las cartas servían para inventar, el siguiente paso era hacer pasar esas invenciones por ciertas. Sin embargo, todavía tendrían que transcurrir muchos años hasta que esto ocurriera. De hecho, los libros más conocidos de la época en los que se aborda el tema de la cartomancia (uno escrito en Alemania hacia 1487 y otro en Venecia en 1540) dan instrucciones sobre cómo leer el futuro con barajas tradicionales de cuatro palos.

La Italia del siglo XV era una suma de distintos territorios y ciudades-Estado, y en cada uno de ellos había distintos tipos de tarots y no siempre se jugaba según las mismas reglas. No existía lo que podríamos denominar una norma, lo que desmonta también la idea de un origen único (como esa milonga sobre Egipto). Cuando Carlos V invadió Milán, entre 1499 y 1535, contribuyó a su difusión por Francia y Suiza, y más tarde por el resto de Europa. Marsella era por entonces uno de los puertos más destacados del Mediterráneo y albergaba una industria papelera bastante importante. Muy cerca de allí, en Lyón, aparece en 1507 la primera referencia a la producción de tarots. El modelo elegido fue uno de procedencia milanesa que pronto se convirtió en el más popular del viejo continente. Una de las características que explica cómo pudo expandirse el juego es, precisamente, que al carecer de un significado oculto bastaba con conocer las reglas para poder jugar incluso con personas de otras lenguas y culturas.

El tarot de Marsella es, probablemente, el primer tarot estándar que se conoce y su éxito se debe, entre otras cosas, a que los triunfos están numerados e identificados con su nombre (lo que tampoco era una novedad) para que no pudieran quedar dudas sobre su jerarquía. La descripción del mazo más antigua que se conoce data de 1590, pero la versión conocida hoy no empezó a imprimirse de manera masiva hasta mediados del siglo XVIII.

Al volverse popular, el escaso contenido simbólico de las cartas se perdió totalmente. Si de verdad hubiese guardado una sabiduría oculta y perdida, es imposible que se hubiera dado tal variedad de barajas. Además, las variantes que quedaron en desuso —muchas de las cuales no han sobrevivido— habrían hecho que se perdiera la mayor parte de ese conocimiento. Otro dato que ahonda en esta tesis es que en la versión de Marsella los palos tradicionales no estaban ilustrados. Esto era lo más común pero había notables antecedentes, como el Sola Busca (creado hacia 1491), donde cada carta tenía su propio dibujo. Si esas ilustraciones ocultaban un conocimiento milenario, también se perdió. Por eso, años más tarde, los ocultistas volvieron al Sola Busca para crear su propio tarot.

A finales del siglo XVIII el juego del tarot se había expandido por parte de Europa con mayor o menor éxito. No parece que arrasara. Por ejemplo, el primero impreso en España data de 1736 y es de origen italiano. Donde más se extendió, y donde aún se juega, fue en Italia, además de las zonas limítrofes con Francia y Suiza y en Alemania. Ya faltaba menos para que adquiriera su carácter mágico y oculto. Lo que luego se conocerá como arcanos mayores tenía una razón de ser, un porqué, pero nadie pensaba que ocultara un conocimiento perdido. Como el resto de barajas, a veces se utilizaba para la adivinación, pero nadie pensaba que ésa fuera su verdadera (o principal) utilidad. De hecho, sólo se tiene constancia de un documento con fecha tan tardía como 1750, datado en Bolonia, donde se describe el uso de estos naipes para leer el porvenir. El llamado tarot de Bolonia (muy distinto del de Marsella) fue el primero que se usó para la adivinación, pero no fue el origen de la tradición cartomántica francesa, la más extendida. De hecho, llama la atención que Casanova cuente en sus memorias la historia de una joven amante de 13 años que tuvo en Rusia en 1765 y que le ponía enfermo porque siempre estaba intentando adivinar el futuro con las cartas. A él no sólo le parecía ridículo sino que su práctica le desconcertaba. Teniendo en cuenta que el famoso seductor nació en Italia, patria del tarot y donde había cierta tradición de leer cartas, su extrañeza hace pensar que la cartomancia apareció en distintos puntos de Europa al mismo tiempo pero que no estaba muy extendida a finales del XVIII.

El tarot, tal como lo conocía la mayor parte de la gente que lo utilizaba, no era más que la evolución de otros juegos anteriores cuyo origen último hay que buscarlos en China, no en Egipto. Pero todo cambió cuando un buen día entró en escena una figura que nunca puede faltar en el mundo de lo paranormal: el chiflado de turno y sus alegres seguidores.[3]

Referencias y ligas externas

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  1. Tarot. Wikipedia en español.
  2. Papiro Westcar. Wikipedia en español
  3. Javier Cavanilles. El tarot ¡vaya timo!. Editorial Laetoli. ISBN 9788492422159. 2009.

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