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The Probability of God
The Probability of God (Libro)

La pregunta más debatida en la historia de la humanidad es si Dios existe. Los académicos, científicos y filósofos han pasado toda su vida tratando de probar o refutar la existencia de Dios, sólo para que sus hipótesis se vean ridiculizadas por otros estudiosos, científicos y filósofos, creyentes y ateos. Donde el debate se descompone está en las ambigüedades del lenguaje. Sin embargo, ¿podría esta pregunta, mediante el uso del universal e inequívoco lenguaje de las matemáticas, responderse por fin definitivamente?

La respuesta es no.

Antecedentes

El caso más extraño de intento de demostración de la existencia de un dios es el argumento bayesiano recientemente expuesto por Stephen D. Unwin en su libro La probabilidad de Dios (The Probability of God: A Simple Calculation That Proves the Ultimate Truth; 2003). El libro de Unwin mereció una considerable atención periodística cuando se publicó en 2003 y dio la oportunidad de juntar varias líneas explicativas. Sus propósitos tienen un cierto aire intento quijotesco al querer asignar un número a la probabilidad de que habla. El subtítulo del libro, Un simple cálculo que prueba la verdad definitiva, tiene todo el sello de una edición tardía del editor, porque esa desmesurada confianza no va a encontrarse en el texto de Unwin.

El libro es más bien un manual de instrucciones, una especie de Teorema de Bayes para principiantes, que utiliza la existencia de Dios como un caso de estudio semichistoso. El teorema de Bayes, en la teoría de la probabilidad, es una proposición planteada por el filósofo inglés Thomas Bayes (1702-1761) en 1763, que expresa la probabilidad condicional de un evento aleatorio A dado B en términos de la distribución de probabilidad condicional del evento B dado A y la distribución de probabilidad marginal de sólo A. El teorema de Bayes es de enorme relevancia puesto que vincula la probabilidad de, por ejemplo, tener un dolor de cabeza dado que se tiene gripe, ya que se podría saber (si se tiene algún dato más), la probabilidad de tener gripe si se tiene un dolor de cabeza.[1]

Unwin podría igualmente haber utilizado un asesinato hipotético como prueba para demostrar el teorema de Bayes.

El detective ordena las evidencias. Las huellas dactilares del revólver apuntan hacia la señora Peacock. Cuantifica esa sospecha asignando una probabilidad numérica. Sin embargo, el profesor Plum tiene un motivo para incriminarla. Reduce la sospecha sobre la señora Peacock en su correspondiente valor numérico. La evidencia forense sugiere un 70% de posibilidad de que el revólver fue disparado certeramente desde una distancia larga, lo que apunta hacia un culpable con formación militar. Cuantifiquemos la recientemente aparecida sospecha sobre el coronel Mustard. El reverendo Green tiene el motivo de asesinato más plausible. Incrementemos la valoración numérica de esta posibilidad. Pero el largo cabello rubio que había en la chaqueta de la víctima solo podía pertenecer a la señorita Scarlet... y así sucesivamente. Un conjunto de posibilidades juzgadas con más o menos subjetividad van mezclándose en la mente del detective. Se supone que el teorema de Bayes va a ayudarle a llegar a una conclusión. Es un ingenio matemático para combinar muchas posibilidades estimadas y extraer un veredicto final, que conlleva su propia estimación cuantitativa de posibilidades. Pero, por supuesto, esa estimación final solo puede ser tan buena como lo sean los números originales que la han alimentado.

Esos números se juzgan subjetivamente, con todas las dudas que inevitablemente fluyen de ello. Aquí puede aplicarse el principio GIGO (Garbage In, Garbage Out) y, en el caso del ejemplo de Dios de Unwin, "aplicar" es una palabra demasiado suave.

Refutación

Unwin es consultor de gestión de riesgos que abandera la inferencia bayesiana, en contra de métodos estadísticos rivales. Ilustra el teorema de Bayes utilizando no un asesinato, sino el mayor caso de prueba de todos, la existencia de Dios. El plan comienza con la incertidumbre completa, que él ha elegido cuantificar asignando tanto a la existencia como a la inexistencia de Dios un 50% de posibilidades iniciales. Luego lista seis hechos que podrían apoyarse en el tema, les asigna un peso numérico a cada uno, introduce esos seis números en el ingenio del teorema de Bayes y observa qué números aparecen. El problema es que (repitiendo) los seis pesos no son cantidades medidas, sino simplemente los propios juicios personales de Stephen Unwin, convertidos en números por el bien del ejercicio. Los seis hechos son:

  1. Tenemos un sentido de bondad.
  2. Las personas hacen cosas malas (Hitler, Stalin, Saddam Hussein).
  3. La naturaleza hace cosas malas (terremotos, tsunamis, huracanes).
  4. Debe haber milagros menores (pierdo mis llaves y las encuentro de nuevo).
  5. Debe haber milagros mayores (Jesús pudo haber resucitado de la muerte).
  6. Las personas tienen experiencias religiosas.

Por si sirve de algo, al final de la reñida carrera bayesiana en la que Dios avanza hacia delante en la competición, luego pierde terreno, después logra recuperar el trecho perdido hasta la marca del 50% desde la que comenzó y, por fin, termina la carrera logrando, en la estimación de Unwin, un 67 por 100 de posibilidades de existencia. Entonces, Unwin decide que este veredicto bayesiano del 67% no es suficientemente alto, por lo que da el extraño paso de incrementarlo hasta el 95% mediante una inyección de emergencia de «fe». Suena a chiste, pero es así como él realmente procede. No hay justificación alguna para esto como cuando se ha retado a científicos religiosos, aunque inteligentes por otro lado, a justificar sus creencias, dada su admisión de que no hay evidencias: «Admito que no hay evidencia. Hay una razón de por qué se llama fe» (esta última frase, pronunciada con convicción casi truculenta y sin pizca de disculpa o defensiva).

Sorprendentemente, la lista de seis frases de Unwin no incluye el argumento del diseño, ni ninguna de las cinco «pruebas» de Tomás de Aquino, ni ninguno de los diversos argumentos ontológicos. Unwin no se trata con ellos: no contribuyen ni en lo más mínimo a su estimación numérica de la posibilidad de Dios. Los evalúa y, como buen estadístico, los rechaza por estar vacíos. Los argumentos que introduce por su puerta bayesiana son igualmente débiles.

Unwin piensa que el hecho de que tengamos un sentido de lo que es correcto e incorrecto juega fuertemente a favor de Dios, mientras que eso no debe impulsarlo, en ninguna dirección, a partir de sus expectativas iniciales.

Por otra parte, Unwin piensa que la existencia del mal, especialmente las catástrofes naturales como los terremotos y lostsunamis, cuentan fuertemente contra la posibilidad de que Dios exista.

El juicio de Unwin está en línea con muchos teólogos muy molestos. La «teodicea» (la justificación de la divina providencia frente a la existencia del mal) provoca insomnio en los teólogos. La autorizada Guía de filosofía de Oxford dice con respecto al problema de la maldad que es «la objeción más poderosa frente al teísmo tradicional». Pero esto solo es un argumento contra la existencia de un Dios bueno. La bondad no forma parte de la definición de la Hipótesis de Dios, siendo simplemente un añadido deseable. Lo cierto es que las personas con inclinaciones teológicas están, a menudo, incapacitadas permanentemente para distinguir lo que es cierto de lo que a ellos les gustaría que fuera cierto. Pero, para un más sofisticado creyente en algún tipo de inteligencia sobrenatural, es infantilmente fácil superar el problema del mal. Simplemente postula a un dios desagradable —como el que acecha en cada página del Antiguo Testamento—. O, si esto no gusta, inventa un dios malo distinto, lo llaman Satán y culpa a su batalla cósmica contra el dios bueno del mal del mundo. O —una solución más sofisticada— postulan un dios con cosas más importantes que hacer que preocuparse de la angustia humana. O un dios que no es indiferente al sufrimiento, pero que lo considera como el precio que hay que pagar por el libre albedrío en un Cosmos ordenado y legalizado. [2]


Referencias y ligas externas

  1. Teorema de Bayes. Wikipedia
  2. Dawkins, Richard. The God Delusion. 2006.


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