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Filmes propagandistas
What The Bleep Do We Know
What the Bleep Do We (K)now!?

What the Bleep Do We Know!?, cuyo nombre real es What the #$*! Do We (K)now!? (en México: ¿¡Y tú qué sabes!? es una película estrenada en febrero de 2004 y dirigida por William Arntz, Betsy Chasse y Mark Vicente. Es un falso documental que combina entrevistas, animación por computadora, nociones generales de física cuántica y ficción para sugerir que la conciencia puede modificar la realidad material. La trama de la ficción gira en torno a una fotógrafa sorda que atraviesa diversas dificultades en su vida cotidiana.

La película ha recibido fuertes críticas de la comunidad científica, quienes definen a esta película como pseudociencia y la incluyen dentro de la corriente New Age llamada misticismo cuántico.

La película es un ejemplo espectacular de un horrible desastre enmarañado de Ciencia y sin sentidos. Logró casi 11 millones de dólares en taquilla, convirtiéndola en uno de los pseudodocumentales más exitosos. Es un buen ejemplo para mostrar en las clases de ciencias sobre cómo no hacer un documental científico y puede usarse como vehículo para obtener una mayor comprensión de lo difícil que es comunicar la ciencia sólida y cómo obtener habilidades de pensamiento crítico.

"What the Bleep" es parte historia ficticia de una mujer que trata de dar sentido a su vida, y parte documental basado en caricaturas que ilustran el conocimiento científico y entrevistas con una serie de expertos que comentan sobre la relación entre la ciencia y el sentido de la vida. Es sólo al final de la película que nos damos cuenta que uno de los “expertos” con más presencia en pantalla no es otro que Ramtha, un guerrero de Lemuria que vivió hace 35,000 años, y que habla a través de Judy Zebra Knight, una charlatana maestra espiritual mística que al parecer gana la friolera de 1500 dólares por persona de gente que asiste a sus retiros.[1]

La idea central de este pseudodocumental es que el fundamento de la realidad se encuentra en el pensamiento y la conciencia, no la materia ni la energía, y que por lo tanto, lo mejor que podemos hacer para resolver nuestros problemas es simplemente replantear la realidad misma. Esto no es una posición nueva de por sí, ya que ha sido abrazada por un montón de filósofos occidentales y orientales. Pero el giro irónico presentado por What the Bleep es que su espiritualismo New Age en realidad supone que se fundamenta en la disciplina más difícil de todas: la mecánica cuántica (con un poco de la neurobiología para hacer la conexión con la conciencia menos oscura). Esto es, en realidad, un tema recurrente en la literatura pseudocientífica, desde la ufología hasta a la parapsicología, y de allí al creacionismo: a pesar de que la idea básica es la de rechazar (o “ir más allá”) de la ciencia moderna, que es vista como una encarnación de todo lo malo de la codicia occidental y el reduccionismo, los pseudocientíficos y charlatanes buscan desesperadamente reforzar sus argumentos mezclándolos con la ciencia. Curiosamente, al hacer esto, ocurre una bipolaridad ya que para ellos la Ciencia es un enemigo irreductible, pero a la vez es una poderosa fuerza de legitimación.

What the Bleep está repleta de incongruencias y errores científicos garrafales que han sido señalados por una gran cantidad de científicos reales desde sus propios nichos. Pero este también es uno de esos casos raros en los que podemos encontrar un muy lúcido análisis en profundidad gracias a un periodista de la corriente principal, Bernie Hobbs de la ABC (Australian Broadcasting Corporation).

Varias veces en la película los autores comienzan con la descripción de un fenómeno científico actual y luego empiezan a extrapolar a partir de ahí para sacar conclusiones que no se derivan de la premisa y que, de hecho, están en desacuerdo con nuestra mejor comprensión de cómo funciona realmente el mundo. Por ejemplo, la mecánica cuántica nos dice que las partículas subatómicas no existen en el sentido cotidiano de “existente”. En el mundo subatómico las cosas no funcionan igual que en el mundo que habitamos, con las reglas físicas a que estamos habituados. Las propiedades físicas en el reino subatómico están en un estado constante de flujo, descrito por una serie de probabilidades conocidas como la función de onda, y “colapsan” en valores específicos sólo cuando las partículas interactúan entre sí o con un instrumento de medición. A partir de esto, los autores de What the Bleep concluyen que la realidad en su conjunto está en proceso de cambio y es necesaria la conciencia para que se vuelva estable. Pero Hobbs y otros han señalado que esto simplemente no es cierto: una roca existirá independientemente de cualquier otra cosa con la que interactúe, consciente o no, porque el comportamiento cuántico describe lo que hace la materia/energía en el nivel cuántico, no en el nivel macroscópico, que es donde reside la mayor parte de la existencia humana.

Del mismo modo, el filme saca mucho una de las ideas de las que más se abusa de la mecánica cuántica, el principio de incertidumbre de Heisenberg. Esencialmente dice que es imposible -en principio, no sólo como una cuestión de insuficiente instrumentación- medir con precisión los dos miembros de ciertos pares de propiedades de las partículas subatómicas, tales como el momentum (impulso) y la posición de una partícula (electrón, por ejemplo). Los físicos a menudo se refieren a esto, de forma errónea, como el efecto del “observador”, pero no quieren decir que un observador humano real sea necesario para que el efecto tenga lugar; en realidad están hablando de un tipo particular de interacción física que no tiene nada que ver con la conciencia per se. Así que, para concluir que el principio de Heisenberg implica la necesidad de un agente consciente con el fin de “crear” literalmente la realidad es un malentendido absurdo de la teoría física.

Hobbs destacó otro espléndido ejemplo de disparate es una declaración de uno de los oradores destacados en What the Bleep, el Dr. Joseph Dispenza, un quiropráctico que al parecer no tiene reparos en hablar como "un experto" en un campo que nada tiene que ver con su propia especialidad: la neurobiología. Dispenza afirma que los escáneres cerebrales muestran que las mismas áreas del cerebro que son activas cuando la persona está teniendo experiencia particular se activan también cuando el sujeto está recordando esa misma experiencia. Esto es de hecho verdadero. A partir de esto, Dispenza llegó a la conclusión de que el cerebro, literalmente, no puede diferenciar entre la realidad y la imaginación. Además, Dispenza obvia la simple observación de que esos mismos escáneres cerebrales muestran claramente que la intensidad de la actividad cerebral es mucho menor cuando la persona recuerda que cuando la experiencia real se lleva a cabo (en otras palabras: el cerebro sí puede hacer una diferencia). Si Dispenza estuviera en lo cierto, nos confundiríamos continuamente, por ejemplo, al no poder diferenciar los sueños y la realidad. Si bien este es el caso de ciertas patologías raras, y muchos de nosotros hemos experimentado una pesadilla lo suficientemente vívidamente como para despertar con un sudor frío, simplemente no seríamos capaces de funcionar como individuos y sociedades si nuestros cerebros fueran literalmente incapaces de separar la realidad de la imaginación. Esta es otra afirmación extraordinaria fundamentada en pocas evidencias.

En una parte de la película aparece Candace Pert (1940-2012), que fue catalogada como una ex científica y “gurú”, que dijo que los nativos americanos, literalmente, no podían ver las naves de Colón porque no podían hacer sentido de tales artefactos dentro de su realidad cultural. Esta es una posición posmodernista extrema en la que simplemente no construimos nuestra realidad de las relaciones sociales, sino que, literalmente, no podemos percibir una realidad que no es parte de tales relaciones, incluso si estamos a punto para ser eliminados por algunas de las consecuencias de esta realidad supuestamente indetectable. La afirmación de Pert es tan extraña, sobre todo viniendo de una neurocientífica, que uno ni siquiera sabe por dónde empezar a mostrar de cuántas maneras esto es un error. En primer lugar, ¿cómo sabe Pert que los precolombinos no podían ver las carabelas? Por otra parte, basta con imaginar las consecuencias de la extraordinaria afirmación de Pert para todos nosotros: esto significa, esencialmente, que ninguna cultura podría ver físicamente nada que no no fuera ya una parte de esa cultura. Es una afirmación absurda que desafía la creencia.

Otro protagonista de la película es el Dr. Masaru Emoto (1943-2014) que afirmaba que las palabras, oraciones, sonidos y pensamientos, dirigidos hacia un volumen de agua influirían sobre la forma de los cristales de hielo Esto es importante en el esquema del documental porque, como Emoto dice, “Si los pensamientos pueden hacerle eso al agua, imagina lo que nuestros pensamientos pueden hacernos a nosotros.” Excepto, por supuesto, que no se ha demostrado que los pensamientos puedan hacer nada en absoluto con el agua. El mago y escéptico James Randi llegó a ofrecer un premio de un millón de dólares para Emoto si es capaz de reproducir el efecto pensamiento-en-agua bajo condiciones controladas. Emoto nunca aceptó tal experimento, presumiblemente debido a que las regalías de sus libros representaban una fuente más estable, y menos exigente, de ingresos.

Un último ejemplo de What the Bleep es un famoso experimento que se intentó en Washington DC en 1992. En la película, John Hagelin (líder del movimiento de la meditación trascendental) describe un estudio propio que aparentemente mostró que cuatro mil voluntarios fueron capaces de reducir significativamente la tasa de criminalidad en la capital de Estados Unidos con meditación y la producción de vibraciones positivas. A esto se le conoce con el nombre de Efecto Maharishi. El problema, por supuesto, es que el alegato de Hagelin es claramente falso... igual que el supuesto efecto maharishi: la supuesta caída de un 18 por ciento en la tasa de criminalidad fue relativo a la propia predicción de Hagelin sobre qué habría ocurrido ese verano en Washington si él y su equipo meditador no hubiera intervenido. Para empezar, no está del todo claro cómo es que Hagelin consiguió sus cifras, y cualquier persona que examine los datos reales y no los fabricados, podrá ver que se produjo un aumento en la tasa de criminalidad en la capital del país durante ese verano. Y así sucesivamente.

What the Bleep tuvo una secuela conocida como Down the Rabbit Hole menos exitosa.

What the Bleep es un ejemplo digno de disparates que es propagado por los medios de comunicación, en este caso en forma de un supuesto documental, tanto porque contiene muchos de los tipos clásicos de “razonamiento” que alimentan este tipo de empresa y, lo más preocupante, porque ha llegado a ser tan exitoso con tanta rapidez, y muchas personas afirmaron que cambió su vida y la forma en que se ven a sí mismas en el universo.[2]

Véase también

Referencias y ligas externas

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  1. Eric Scerri (2004) “What the #$*! do they know?”. Skeptical Inquirer.
  2. Massimo Pigliucci (2010) Nonsense on Stilts: How to Tell Science from Bunk. The University of Chicago Press, Chicago ISBN 9780226667867
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